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Negación

Si en el ámbito económico nos encontramos en el inicio de una recesión, en el campo político estamos en una aguda crisis, marcada por la doble moral, el juego de suma cero, donde solamente una parte es la que siempre gana, a costa de lo que sea.

Decir que la situación actual no tiene precedentes es arriesgado, pues ahora tenemos un ingrediente adicional que sin lugar a dudas hace la diferencia: el desarrollo de las redes sociales y quizá por ello nos parezca inusual.

La ciudadanía es una espectadora incrédula, que constantemente pareciera no salir del estupor que produce el descaro, la falta de empatía de la mayoría de los políticos de turno con la realidad que vive el pueblo.

En ocasiones se estremece, en otras reacciona bruscamente, visceralmente, sin ideas claras sobre lo que espera, sin una visión compartida. Otras, cede a la frustración que se convierte en parálisis, tal vez en aceptación ante los intereses comprometidos o quizá por simple hastío.

Sin lugar a dudas, pretender que este escenario grotesco es un asunto de mala imagen internacional, que se resuelve con protestas diplomáticas, es olvidar que para modificar la imagen percibida por la comunidad internacional hay que cambiar los rasgos de esa identidad, es decir, ser congruentes.

La congruencia, esa palabras incómoda, representa un enorme desafío como país, no digamos como ciudadanos individuales, especialmente los que tienen en sus manos el destino de esta nación.

Honduras ha mostrado su cara más dura, su atraso evidenciado en la actitud de quienes en claro retroceso han aprobado la inmunidad parlamentaria. Me niego a pensar que ellos nos representan, rechazo la idea de pensar que son la imagen de un país que no se refleja en sus decisiones, en su actuar y en muchos casos, en su vulgaridad. Hay pocas excepciones, esas que nos hacen pensar que algo puede salvarse aún.

Me desagrada profundamente saber que la imagen de Honduras esté depositada en ellos y no en los miles de hondureños que luchamos día a día por construir un mejor país.

Porque en Honduras no solamente hay quienes empuñan armas, también hay gente valiosa que a pesar de las dificultades levanta el arco de un violín o un violoncelo, como un verdadero acto disruptivo. Los he visto en la Banda Sinfónica Juvenil de San Pedro Sula, tocando con el alma, y llegando a la mía con un mensaje claro: hay esperanza si invertimos en los niños y jóvenes.

En este terruño, tan manchado de lodo y salpicado de sangre, de discriminación y desempleo, también hay jóvenes que saben traducir sus experiencias en una resiliencia a prueba de fuego y convertirla en acicate de sus sueños.

No me lo han contado, los he visto por cientos, capacitados por proyectos tan valiosos como Empleando Futuros, impulsado por la Agencia de Cooperación Internacional de los Estados Unidos en Honduras (Usaid). Porque a pesar de las dificultades apreciamos nuestras raíces y luchamos para mantener nuestras costumbres y tradiciones. Sé de ellos por los Juegos Tradicionales de San Marcos, también por la Marimba Infantil de Copán Ruinas.

En esta tierra de desigualdad he visto hombres y mujeres luchando por sus emprendimientos, por lograr la igualdad de género, por construir un país adonde sea posible soñar y crecer en la misma proporción.

Me niego a creer que somos parte de una nación que se mantiene impávida, sin nuevos liderazgos y propuestas verdaderas, en lugar del triste espectáculo vacío del que somos partícipes cada vez que se habla de elecciones.

En esta tierra, quizá como un acto de sobrevivencia, la gente no recuerda su pasado colectivo, por ello acepta el retroceso, como la mencionada inmunidad, hablar del servicio militar obligatorio –haciendo a un lado dolorosos episodios de irrespeto a los derechos humanos- y la reelección. Lo peor que nos puede pasar es creer que absolutamente todo está perdido. Recuperar la confianza no es tarea fácil, pero sí indispensable. Nadie puede hacerlo por nosotros, es una tarea impostergable, iniciemos ya.