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Capitalismo de compadres

En sociedades de compadres y arreglos bajo la mesa, los familiares de los gobernantes son objeto de atención especial. Los círculos de poder los hacen amigos suyos y quienes contratan obras con el Gobierno los usan como sus “cabilderos”, cobradores de deudas atrasadas. No solo a los parientes, sino que a los amigos también.

Hay una anécdota mexicana de un amigo del gobernante que le dijo que escogiera el puesto que quisiera. Y él le respondió que no, “tan solo me basta que me saludes efusivamente y que cuando te fotografíes en grupo me pongas a tu lado”. Desde aquel momento, los principales negociantes con el Gobierno le consideraron y le tuvieron como consejero, asesor y diplomático. Y, al final, fue cobrador de las deudas que normalmente el Gobierno –todos los Gobiernos del mundo hispano por lo menos– se resiste a pagar en tiempo y forma por incompetencia o haraganería, incubando así la corrupción, puesto que hay que pagar a un allegado o familiar para lograr el pago, con la mordida correspondiente.

El dictador no permite que ninguno de su familia le haga sombra. José Arismendi Trujillo, un hermano de dictador caribeño por excelencia, “se había erigido en el árbitro de la comunidad, sometida por él a la ley de la selva. Rafael Leónidas Trujillo movilizó rápidamente al Ejército y se dispuso a aplastar violentamente aquel brote de egolatría reaccionaria. En el discurso que pronunció en el pueblo de Bonao desenmascaró a su propio hermano y dirigió severas admoniciones a los que habían cambiado el “Camino real por la vereda”, frase de uso corriente en el lenguaje del campesino dominicano. En el ánimo del país no hubo de ahí en adelante la menor duda sobre quién era el amo absoluto” (Joaquin Balaguer, La palabra encadenada, pag. 295).

El dictador no permite que nadie esté a su altura, él es el único poder. Castro no podía convivir con Cienfuegos ni con el Che, ni permitir que se hicieran negocios que él ignorara, o que, además, se hiciera mofa de sus discutidas virtudes guerreras, siempre puestas en duda. Arnaldo Ochoa, que se atrevió a romper la regla, pagó con su vida al frente de un pelotón de fusilamiento.
En sociedades con “capitalismo de compadres”, los intercambios de favores son “moneda corriente”. Se invierte en las campañas y un mismo “empresario” aporta a los dos que van en cabeza, por las dudas. Al ganar uno de ellos, obtiene contratos. Cuando cobra se encuentra con burócratas intratables. Aquí entran los familiares, los amigos y los correligionarios, que se vuelven comisionistas. Y como la trama es tan extendida, es muy difícil controlar el intercambio de favores o el pago de las deudas electorales.

Esto es tan extraño que, en el juicio en Nueva York, el juez ha pedido un experto en ciencias políticas para que explique el asunto, ya que en Estados Unidos hay la figura del cabildero; pero está registrado y sometido a control. Aquí no, por lo que solo al final, cuando se cometen errores, se descubre quiénes viven de comisiones por cobros de las deudas del Gobierno. Para concluir, si queremos derrotar la corrupción, hay que eliminar el “capitalismo de compadres”, el pecado original, el origen de la corrupción.