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Difíciles acuerdos migratorios

Honduras, aunque nos duela reconocerlo, no puede lograr más que lo que ha “evitado” con los Estados Unidos, por su debilidad y sus consiguientes capacidades negociadoras. Cuando dos Estados de desigual tamaño se sientan a negociar, el más fuerte inicia las mismas en ventaja, y al final se sale con la suya. Y ello es lo que ha ocurrido con los Estados Unidos que, en su patio trasero – México, Guatemala, El Salvador y Honduras – ha organizado de tal manera las cosas que para frenar las migraciones colectivas alentadas ingenuamente por personas y grupos que ignoran los valores de la asimetría de los grandes Estados con los pequeños convirtieron a estos en funcionarios suyos para detener a sus ciudadanos, sin mayores esfuerzos. Especialmente porque estos, al vivir en sociedades poco democráticas, carecen de fuerza para obligar a sus gobernantes que no pacten cosas que atentan contra sus intereses. Por ello es que a Estados Unidos le costó muy poco, amenazando con esto y con aquello, que México “pagara el muro” – palabras proféticas de Trump – que Guatemala con alegría estuviera dispuesta a hacer el ridículo para impedir que hondureños, salvadoreños y nicaragüenses, penetraran sus fronteras hacia México. Y El Salvador que tiene el Gobierno que todavía puede engañar a sus ciudadanos y Honduras que por el contrario tiene dificultades para controlar los suyos, se convirtieran en terceros países seguros para los Estados Unidos, no para sus ciudadanos. A cambio de muy poco: promesas imprecisas –letra pequeña en sus tratados misteriosos – y ofrecimientos de apoyos económicos que tienen fecha de cumplimiento.

Siendo realistas, esto era lo único que se podía lograr. Más bien hay que celebrar que no nos convirtieron en protectorados suyos, con gobernadores y tropas establecidas en nuestros territorios. Por lo menos, en teoría y del diente al labio, somos Estados soberanos que pactamos, en contra de nuestros intereses, con los Estados Unidos. Porque por más que lo neguemos, somos sociedades de tan escaso desarrollo, con ingresos muy magros para poder vivir como estadounidenses pobres dependemos de las remesas que nos hacen los pobres mejicanos, guatemaltecos, hondureños y salvadoreños.

Y si Estados Unidos continúa expulsando los nuestros – cosa que no se negoció porque por lo menos debemos defender a los que esta allá a cambio de no permitir que otros nuevos avancen hacia Estados Unidos – nuestras economías terminaran colapsando.

Por ello, en vez de revisar si han ganado algo convirtiéndose en “tercer país seguro” para los Estados Unidos, lo que tienen que hacer los cuatro países a los cuales el vecino del norte les doblo la mano al aire libre y a la vista de todos, es unificar sus esfuerzos, crecer juntos, por medio de la transformación de sus economías, lo que nos permitirá exportar bienes terminados, en vez de mano de obra barata como están haciendo hasta ahora. Eso es lo que tienen que hacer, antes de preguntarse si lo acordado pudo haber sido de otra manera, lo que es una simple bobada.