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El siglo pasado fue testigo de líderes mundiales de gran desempeño que llenaron de honra las páginas de la Historia. Seres humanos que se vieron enfrentados a situaciones para las que no estaban preparados y que afrontaron con gallardía y sabiduría. .

Algunos recibieron la gloria del mundo entero. La mayor parte eran excelentes oradores. Pero algo que tenían en común era su comportamiento. Cómo honraban su investidura. Desde su vocabulario, sus ademanes, su forma de vestir. Nunca una palabra de más, nunca un gesto salido de foco, nunca un improperio, nunca perdían los estribos. Tenían conciencia de lo que representaban.

En lo que va del presente siglo las cosas han cambiado. Muy pocos ejemplos que resaltar.
Vivimos demasiado de las apariencias y queriendo encajar en el molde de comportamiento dictado por la época. Ya no se trata tanto del poder, se trata de imagen.

Los asuntos de Estado, las relaciones entre países, el bienestar económico mundial ya no son prioritarios. Lo que importa es lo que los medios y la prensa dirán. Encasillarse en la figura de líder que los medios y la televisión han creado. Bien vestidos, atléticos, irreverentes, confrontativos y beligerantes. “Antes muertos que sencillos”, como dirían por aquí. Las redes sociales son su portafolio. Así, este tipo de liderazgo es lo que está de moda en cualquier ámbito.

En el culto de la arrogancia se perdió la elegancia.

Y vemos cómo los presidentes de países ya no guardan el protocolo que siempre caracterizó ese nivel de ejecutoria, basado en la búsqueda de derroteros comunes y respeto de acuerdos, en un marco de prudencia, discreción y buen trato. Como que se les pasa desapercibido que sus actuaciones crean tendencias y sus disparates crean adeptos. Ya los líderes mundiales quieren ser vistos como celebrities. Quieren tener miles de seguidores en Instagram y compararse con actores, cantantes y futbolistas. Las reuniones de los países más ricos (los malqueridos grupos “G”) parecen reuniones sociales. A quien deslumbra más. Allí, las reuniones de las esposas de los presidentes se han convertido en pasarelas de moda. Haute couture por supuesto, figuras esbeltas, peinados impecables.

Se ha perdido el concepto del liderazgo mundial. Lo que tenemos son figuras arrogantes necesitadas de atención para calmar el ego que los hace creerse omnipotentes e infalibles.

Cuantos más likes, mejor. Atrás quedaron los líderes prudentes con comportamiento de caballeros. La “nueva normalidad” de estos tiempos está difícil de digerir. Pareciera que el mundo se volvió loco y no nos dimos cuenta en qué momento sucedió. Esperemos que en algún momento, en el futuro, el polvo se asiente y podamos ver la luz del sol de nuevo.

La Mafalda de Quino fue mordaz cuando dijo “¡Paren al mundo, me quiero bajar !” Tenía toda la razón, a veces dan ganas.