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Misión de Jesucristo

Cristo queda reducido a un turista accidental y accidentado, a alguien cuya encarnación, muerte y resurrección fueron totalmente innecesarias y que se podía haber ahorrado todo eso, porque con lo que teníamos era suficiente. Del mismo modo, no solo es innecesaria la evangelización, sino que es incluso dañina, en tanto que cuestiona y modifica de alguna manera a las culturas, frutos de las religiones nativas, llevando a cabo lo que nosotros consideramos que es una purificación, pero que, en realidad, desde su punto de vista, sería una destrucción más o menos intensa.

Y así llegamos a la cuestión principal: la naturaleza y misión de Jesucristo. Tanto Burke como Brandmüller dicen que estamos ante una crisis peor que la arriana y tienen razón. Los arrianos al menos evangelizaban porque creían que Cristo, como mediador semidivino, tenía algo esencial que aportar a la humanidad. Estos rechazan todo tipo de misión y de evangelización y reducen a Cristo no solo a un nivel exclusivamente humano, sino a alguien que hubiera hecho mejor en no haber empezado su predicación del Reino, pues con eso no hizo nada más que complicarnos la vida. Cristo y la Iglesia serían, pues, no innecesarios, sino incluso nocivos para el ser humano.

Esta conclusión solo puede proceder de alguien que no ama a Cristo, que no cree en Él, y al cual le pesa el cristianismo, como si fuera un fardo insoportable que ha tenido la desgracia de que le pusieran a la espalda.

Tenemos, todos los que, aunque sea imperfectamente, amamos al Señor -y no solo los cardenales- hacer oír nuestra voz para ayudar al Papa a fin de que no esté solo a la hora de rechazar este veneno mortal que se extiende por las venas de la Iglesia y que va a acabar con ella. Cristo es Dios, es nuestro Salvador y es el Salvador de toda la humanidad y, salvo excepciones que el Señor misericordioso permite y conoce, fuera de la Iglesia no hay salvación.