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Los buenos años de Garachana

Al cumplir 75 años, monseñor ángel Garachana, obispo de la diócesis de San Pedro Sula, ha presentado su renuncia en obediencia a lo que ordena el Código Canónico de la Iglesia Católica.

En los últimos 25 años le ha tocado la responsabilidad de dirigir la comunidad católica más grande de la costa norte y, territorialmente, de repente, la más grande, ya que hasta hace algunos años incluía el espacio físico que ahora atiende generosamente la diócesis de La Ceiba. Garachana sucedió a monseñor Jaime Brufau, misionero y de origen catalán como él, enfrentando el crecimiento de la población, la complejidad de los desacuerdos políticos y económicos más complejos de Honduras y las embestidas propagandísticas más fuertes por parte de los evangelizadores protestantes que han hecho de la diócesis el espacio favorito de su expansión e influencia.

Garachana ha respondido con la prudencia que lo caracteriza pero con energía y disciplina al reto de los evangélicos, con más recursos materiales y humanos, muchos originados en los donativos provenientes de los Estados Unidos, y ha hecho un trabajo extraordinario. Garachana ha aumentado el número de sus sacerdotes, creado nuevas parroquias y animado a los distintos movimientos católicos de la diócesis confiada a su acción pastoral. El balance final es muy bueno, pero hay que decir que su diócesis es, sin embargo, la zona del país en donde el crecimiento evangélico es mayor. No solo en feligreses, sino que, además, en obras: colegios, escuelas, emisoras y canales de televisión.

Conozco desde hace muchos años a monseñor Garachana. Le guardo enorme respeto por su simpatía, cariño y afabilidad y, fundamentalmente, por su humildad. Tiene la sonrisa pronta y la mano abierta para estrecharla con el hermano que se le acerca. Las veces que nos hemos visto me ha recibido con enorme generosidad e interés, confirmando su calidad de pastor y su cercanía a sus feligreses. Una vez, hace algunos años, me sorprendió cuando me dijo, sonriendo como acostumbra, “he conocido a tu hijo mayor”. Le pregunté: “¿dónde lo vio?”. Y él, con la sonrisa fija en su rostro tranquilo, me dijo: “Hablo de tu libro”. Y me lo enseñó. Era “Honduras, las fuerzas del desacuerdo”, en donde trato documentalmente las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia en un período muy largo: 1524 y 1975. “Aquí estoy aprendiendo mucho, conociendo cosas que nadie me había contado”, concluyó.

Ahora que su continuidad como obispo y, por consiguiente, su condición de presidente de la Conferencia Episcopal depende del papa Francisco, igual que los feligreses que le quieren y le respetan, espero que este lo deje unos años más. Todavía está joven, fuerte y tiene voluntad de seguir sirviendo a la comunidad como lo ha venido haciendo, desde que llegó, con la impronta misionera a una Honduras en donde nos hace faltan, cada día más y más, obreros para la viña del Señor. Por ello espero que lo tengamos más tiempo entre nosotros, con el cayado y la mitra, brindando ejemplo y ruta para la búsqueda y encuentro con el Señor. Salud, querido monseñor Garachana.