Más noticias

Con fecha de caducidad

Hace falta que llegue la vejez, que sobrevenga la enfermedad o que estemos en inminente peligro de muerte para entender que todos, absolutamente todos, tenemos fecha de caducidad, igual que los comestibles o los medicamentos.

Mientras corre la infancia, la muerte no es un tema que interese: durante la adolescencia, e, incluso, durante los primeros años de la edad adulta solemos considerarnos inmortales. De ahí que nunca pensemos en la importancia de saber exprimir el tiempo y, más importante aún, en la manera en cómo seremos recordados o en la huella que dejaremos una vez que hayamos concluido nuestro tránsito.

Hace años leí una novela de Miguel Delibes: Cinco horas con Mario. El relato es un largo monólogo interior en el que la viuda del protagonista, durante cinco horas, sentada ante su ya fallecido esposo, cuando se han marchado los amigos y parientes de la casa en donde se realizaba el velatorio, reflexiona sobre la vida del difunto y cómo esta ha transcurrido, así como todo aquello que le habría gustado tener y que Mario no había conseguido darle. Desde entonces he pensado, en más de una ocasión, qué dirán mi mujer, hijos, parientes y amigos cuando me toque, que me tocará tarde o temprano, así como a todo el mundo, cuando enfrente semejante coyuntura. Aunque lo malo será que nadie podrá conocer mis reacciones.

Pienso que, como ejercicio mental, ese imaginar los comentarios ante nuestros cuerpo inanimado puede ser útil. Aunque, como canta Nacha Guevara, “los muertos son todos buenos tipos” y parece que la rigidez corpórea motiva a los vivos a hablar bien de los difuntos, no deja de ser bueno intentar que esos comentarios positivos post mortem sean sinceros y tengan causas válidas. El ejercicio nos puede ayudar a tratar mejor a los demás, a dar buen ejemplo a la gente que rodea, a estar a mano del que nos necesite, a sembrar alegría y optimismo por donde pasemos, solo por decir algo.

Y no se trata de obsesionarnos con la muerte, sino de caer en cuenta que es la conclusión natural de todos los seres vivos, también los humanos. Creerse inmortal seguro es una manifestación más de ese vicio tan humano pero tan horrible que se llama soberbia. Reflexionar sobre la caducidad de la existencia ayuda a ejercitar la virtud que se le opone y que se llama humildad. Y esta última es el mejor lubricante para las relaciones entre las personas y un seguro remedio para curarnos de la prepotencia o del orgullo malo, que tanto entorpecen la convivencia cotidiana.