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A los que hemos laborado en hospitales públicos nos ha tocado vivir, de primera mano, historias de miseria, drama y dolor en los pacientes que allí llegan. Miradas vagas, ojos sin brillo, facciones imperturbables, como ausentes. Así es la vida de la mayor parte de los hondureños, viven en condición de pobreza.

Son personas que les cuesta vivir. Todo es lucha y preocupaciones. Viven al día y no se atreven a pensar en el mañana. Son vidas agobiadas. Su meta es terminar ese día vivos y sin hambre. Y están allí, en todos lados, todos los días, son miles, arañando la vida, sin esperanza, sin futuro.
¿Tenemos conciencia, en nuestro día a día, de las necesidades de estas personas? Por supuesto que no. Ni nos percatamos. Nosotros estamos absortos y trabajando por alcanzar la vida que deseamos.

Son dos realidades distintas. Como blanco y negro. Unos luchan y otros viven. Y es el curso natural de la vida. Así ha sido siempre. Pero creo que en los momentos actuales se requiere que seamos desprendidos materialmente y ayudemos a estas personas que necesitan porque no pueden por sí solas. No podemos pasar de largo sin extender un poco la mano para mejorarles las condiciones. Nos decimos buenas personas, religiosos, hermanos, solidarios. Pero eso es falso. Somos indiferentes.

Somos espléndidos con bendiciones hacia los demás, pero de allí no pasa nuestra bondad.
Sabemos que cada día el dinero vale menos y cuesta más. Y que en esta vida se vive con dinero no con palabras o deseos. Queremos menos maldad, menos odio, menos violencia, menos segregación, menos locura en este mundo. Pero nosotros ¿cómo ayudamos a mejorar esto?
Hay quienes dicen que no es correcto dar dinero a los pobres porque es favorecer la holgazanería. No hacen ni dejan hacer. Debemos tomar como un propósito ayudar a alguien todos los días. No tiene que ser limosna. Tiene que sentirse como que estamos dando un regalo.

El concepto de limosna nos divide en clases sociales.

Lo que necesitamos para elevar el nivel de conciencia de esta planeta es demostrar solidaridad de hechos y no solo de palabras. Una pequeña ayuda monetaria a quien la necesita probablemente signifique la diferencia para que esa persona esboce una sonrisa genuina ese día, y tenga esperanza. No se trata de darle las sobras de lo que vas comiendo en tu auto, a los que piden en los semáforos. Tenemos que reconocer la dignidad humana en ellos. Ese derecho a ser respetado y valorado como ser individual y social, solo por el hecho de ser persona.

En nuestro país el 63% de la población vive en condiciones de pobreza. 5.7 millones de compatriotas de un total de 9. Si tu no eres uno de ellos siéntete bendecido. Las posibilidades de que fueras pobre eran muy grandes.