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Dos a la mesa

Hace alrededor de quince años escribí una columna que titulé Ocho a la mesa. En ese entonces estaba a punto de nacer mi sexto hijo: Josemaría, y comentaba cómo pronto tendríamos mesa llena, cómo cada hijo que nacía era una nueva alegría y cómo el ruido y el constante movimiento de ocho personas llenaba el hogar de vida.

El tiempo ha pasado y, uno por motivos de estudio, una porque se ha casado y otros porque han decidido emanciparse se han marchado. Ahora, aunque quedan dos todavía con nosotros, en muchas ocasiones estamos solo mi esposa y yo a la mesa. La casa, de regulares dimensiones, se ha ido llenando de rincones silenciosos y las conversaciones sobre la infancia de aquellos seis son cada vez más nostálgicas, ya que no se deja de añorar aquello que alguna vez nos hizo tan felices. Afortunadamente, ella y yo no hemos dejado de cultivar esa amistad que debe ser parte de las relaciones conyugales y que dan solidez al matrimonio cuando han pasado los años.

De siempre supimos que estos días llegarían, que aquellos niños crecerían y se irían, pero nunca pensamos que el calendario iba a perder tan rápido sus hojas y que los días, las semanas y los meses iban a desgranarse a tal velocidad. La mesa, que ha dejado de ser multitudinaria, nos lo recuerda con contundencia. La razón entiende más estas cosas que el corazón, por eso, de vez en cuando, alguna lágrima es inevitable. Tengo una amiga cuyos dos hijos se emanciparon hace algún tiempo y se quedaron a hacer su vida lejos de estas tierras. Hace unos días, me confesaba que se resistía a entender que no los tendría a la mesa ni siquiera los domingos, y es totalmente comprensible.

Sé que es un tema de ley de vida, que más bien sería extraño que los hijos no se fueran. Pienso en que así les ha pasado a todos los que han tenido hijos, incluyendo a mis propios padres, por supuesto; pero ese consuelo no basta para llenar el vacío de una cama, de un clóset, de un puesto en la mesa.

De ahí que debamos aprovechar cada segundo para disfrutarlos mientras están pequeños: cuando los sacamos de nuestra cama, ya dormidos, para pasarlos a las suyas; cuando nos reímos cuando son incapaces de pronunciar bien algunas palabras; cuando sonríen y han perdido uno o dos dientes de leche; cuando se echan en nuestros brazos cuando algo les duele o tienen miedo, así tendremos recursos suficientes para, cuando llegue el momento, debamos alimentar nuestros recuerdos felices.