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El bolsillo también

Jibsam Melgares

Existe la idea en muchas mentes y corazones que podemos darnos a Dios por partes, ciertas áreas se las entregamos, pero otras nos las reservamos. Sin embargo, el texto bíblico enseña que esta posibilidad no existe, o nos damos por completo o no nos damos (Romanos 12:1).

Una de las áreas que más le cuesta al ser humano entregársela a Dios es la económica. Le pasó al joven rico del relato bíblico (Mateo 19:16-22), les pasa a muchos. Incluso en las iglesias se afronta este problema. En múltiples ocasiones, el tema que más se debate en las asambleas no es que se debe evangelizar o discipular más, sino lo concerniente al manejo del dinero. El amor a las riquezas puede ser un ídolo difícil de destronar o hacer desaparecer.

El problema con los cristianos es que este asunto es, en el fondo, un sinsentido. Como bien indica Paul Freston, es absurdo decir o pensar que la última parte que se convierte en el ser humano es el bolsillo. Si el bolsillo no se convirtió, ¡no hubo conversión en lo absoluto!

Estas sabias palabras de Freston tienen su respaldo en la Palabra de Dios. Cuando le preguntaron a Juan el Bautista sobre cuáles son los frutos dignos de arrepentimiento, su respuesta apuntó al desprendimiento y la generosidad: el que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. A los recaudadores de impuestos les dijo que no debían extorsionar al pueblo. Esto mismo les señaló a los soldados romanos, añadiéndoles que se contentaran con su salario.

En Hechos 16, cuando la empresaria acaudalada Lidia se entregó al Señor, la gran evidencia de su conversión fue que puso todas sus posesiones al servicio de Dios y su iglesia. Con Zaqueo, en Lucas 19, fue similar. Luego de encontrarse con Jesús, él decidió entregar la mitad de sus posesiones a los pobres y devolver cuadruplicado lo que había extorsionado. En Cristo, hasta nuestro bolsillo también se transforma.