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Para vivir la integridad

Cuando se aspira a llevar una existencia presidida por la integridad ética, una de las líneas que debe estar claramente trazadas para definir las reglas del juego es la rectitud de intención. Y cuando hablo de rectitud de intención me refiero a las motivaciones que me empujan a actuar de una u otra manera.

A veces podemos sucumbir a la tentación de vivir de cara a la galería, de convertirnos en esclavos del qué dirán y en estar pendientes de la opinión que los demás tengan sobre nosotros. Evidentemente, a nadie le gusta que lo juzguen mal o que se tenga de él una imagen negativa, a todos nos complace que nos consideren virtuosos y merecedores de estima y respeto. Sería, además, una tontería ser bueno y no parecerlo.

Lo que sucede es que, muchas veces, aquellos con los que alternamos periódica o eventualmente nos juzgan a partir de datos incompletos o de impresiones superficiales, y esto para bien o para mal.

De repente hemos protagonizado una acción loable y se nos elogia desproporcionadamente o, bien, hemos dado una metida de patas fenomenal y, por ese único hecho, se nos condena. Asimismo, el éxito y la fama no acostumbran ser permanentes, la gloria humana es singularmente pasajera.

Se da, incluso, el caso de que la misma persona que hoy casi pone sobre nuestras cabezas la corona de laurel, mañana nos injurie o despotrique en contra nuestra.

Por eso, para vivir la integridad lo más indicado es actuar con base en nuestra conciencia recta y bien formada, aun a sabiendas de que habrá quienes no comprendan ni estimen adecuadamente, ni simpaticen con nuestra conducta. Pretender que todo lo que hagamos sea aprobado por consenso universal nos llevaría a pasar dando explicaciones, a buscar siempre satisfacer las expectativas de los que nos rodean e, incluso, a comportarnos artificialmente.

Lo mejor, lo óptimo, es vivir con naturalidad, con sencillez, darnos a conocer tal cual somos, con virtudes y con defectos, sin esconder las lógicas imperfecciones que como seres humanos debemos tener.

Porque, justamente, el hombre o la mujer íntegros deben ser de una sola pieza, sólidos, sin recovecos, sin mañas alambicadas ni churriguerescas, sino, más bien, diáfanos, claros como el cristal bien pulido, como la plata recién bruñida.

Da gusto relacionarse con gente espontánea, que no busca impresionarnos ni causarnos admiración por ella. De alguien así sabremos qué esperar, no nos dará sorpresas, y, muy probablemente, no nos decepcionará.