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Deformas legales

El año 1982, nuestro país regresó a la vida democrática tras dejar atrás los infaustos Gobiernos militares de los setenta. Desde entonces se ha tratado de modernizar el Estado a través de acuerdos en los cuales se ha pretendido ubicar al país en las vías de avance y desarrollo.

Ha sucedido todo lo contrario, la corrupción y la impunidad reinan con mano de hierro en las esferas gubernamentales y políticas. Las reformas se han vuelto auténticas deformidades que han condenado a la democracia a ser mancillada de manera consuetudinaria bajo la libre voluntad de los gobernantes.

El megafraude electoral del año 2017 fue la más reciente manifestación de un Estado fallido que no ofrece ninguna seguridad jurídica y democrática de elecciones limpias y transparentes. En las concavidades electorales inyectan helio a quien desean y desinflan a quien quieren, usurpando de manera vergonzosa y amañada la voluntad popular.

En ese escenario, las supuestas reformas electorales en manos de políticos sin escrúpulos es solo cambiar al mono de rama, así que no es la ley el problema, el obstáculo es la cultura de la triquiñuela que se teje de manera maquiavélica en los inframundos de facinerosos disfrazados de saco y corbata.

Podríamos parafrasear al sabio Salomón cuando expresó magistralmente que “como anillo de oro en el hocico de un cerdo es la nación que carece de discreción”… o sea, que podremos tener las mejores y más perfectas leyes del universo jurídico, endonormas y perinormas de altos quilates jurisprudenciales, pero no servirá de mucho si la aplicación de las mismas queda a merced de corruptos que no conocen el respeto al Estado de derecho y se alejan con sus actos de toda legitimidad y sentido de justicia.

Las grandes reformas de las sociedades vienen desde adentro de cada ciudadano, pretender cambiar desde afuera es solo engañarse a sí mismo.