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No hay para más

Las personas de nuestra generación o las anteriores a nosotros recordarán con nostalgia y melancolía los años de la niñez. Vida sana, mucho ejercicio, comidas saludables y la insustituible figura de nuestras madres. Mezcla de sargento y ángel, combinado a la perfección.

En ese tiempo, las madres se dedicaban al hogar, a todos los menesteres de la casa, y con abnegación a la educación de los hijos. Los tiempos no eran tan duros como ahora y con el trabajo del padre bastaba para alcanzar el sustento. Muy pocas mujeres eran oficinistas, y profesionales, menos.

Y probablemente esa figura es la gran ausente en nuestras sociedades modernas y con seguridad la causa por la que las nuevas generaciones no tengan ese arraigo con la moral, las buenas costumbres, la decencia y la integridad.

Los matrimonios de jóvenes profesionales de hoy no subsisten con el salario de solo uno de ellos. Se requiere que las jóvenes madres profesionales salgan de sus casas, dejen sus hijos y contribuyan a la economía familiar. Asimismo, la sociedad de hoy tiene otros intereses. En la actualidad, el reconocimiento personal y el acaparar bienes es la meta. Y se mal interpreta que el dinero trae bienestar. El gran problema es que cada día el dinero será más difícil de obtener.

Así, el niño, el joven que está creciendo solo, o al cuidado de personas ajenas, les espera un futuro más expuesto a el materialismo desprovisto de moral de la vida actual. Deambularán buscando ejemplos de vida en la televisión, en el internet, o en la calle y adoptando la “nueva cultura”, donde todo es permitido porque es un derecho humano.

Y ya estamos viendo el resultado de eso. Jóvenes inseguros, desadaptados, insociables, sin metas, menos dispuestos a correr riesgos, y sin querer aceptar responsabilidades.
En nuestras culturas no se avizora una salida para esta situación. Es un problema visto de menos y los padres de familia, absortos en fabricarse la vida que sueñan, no se detienen a pensar en la responsabilidad que tienen de influir en la formación de la personalidad de esos pequeños.

En los países nórdicos ya han encontrado una solución que hasta el momento parece prometedora. Se está evolucionando hacia un modelo en el que la norma “Combinar trabajo y familia” ya no será solo la norma de las mujeres, sino que será para todos. Se legisla a favor de igualdad de oportunidades laborales sin distingo de género, pero disminuyendo las horas de trabajo para ambos para que pasen más tiempo en sus hogares.

Son otras culturas. Superaron la etapa de la supervivencia y le apuntan a la calidad de vida. En nuestro país, nuestros congresistas tiran cohetillos, suenan pitos y activan extintores de llamas, en plena sesión, en lugar de legislar. Es nuestra cultura. No hay para más.