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El poder corrompe

El poder corrompe?Son ya inmortales las palabras del historiador inglés Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. ¡Qué bien se escuchan! Y, sin duda, evidencian profunda sabiduría, pero ¿realmente son ciertas? El autor Pat Williams presenta al respecto una reflexión esclarecedora. “Disiento, no creo que el poder corrompa a las personas, más bien, las personas corrompen el poder… El poder no puede corromper a nadie, solo revela la corrupción y la falta de integridad que ya existe dentro”.

Cuán cierto es esto. Algunos dicen que la política es sucia, que arruina a cualquiera que llega con buenas intenciones, pero no, es más bien al revés. El ser humano es el que ensucia la política, no es en ella que se corrompe, sino que se llega descompuesto. Si no somos conscientes de esto, dice el teólogo René Padilla, se podrán hacer cambios tras cambios en las estructuras sociales, pero sin cambiar a las personas en el nivel más profundo de su relación con Dios, el nuevo orden que surja mostrará pronto los mismos defectos que se proponía cambiar, tal como se puede ver en el país vecino de Nicaragua con Daniel Ortega, donde la dictadura somocista dio paso a la dictadura orteguista.

Como sociedad ¿qué salida tenemos entonces?, ¿será que no nos queda más que sufrir los desmanes de nuestros líderes y gobernantes década tras década, elección tras elección? Creo que como país necesitamos elevar los requisitos morales y espirituales de los que deseen optar a un cargo público. No podemos conformarnos solo con su carisma, capacidad de análisis, dinero, preparación académica o buena oratoria. En Honduras debería ser difícil llegar a ser un funcionario.

No obstante, esto también implica un llamado de atención a la población misma, ya que los líderes brotan de ella. La ciudadanía también debe elevar sus estándares morales y espirituales porque, como bien reza el dicho, “toda nación tiene el Gobierno que merece” (Joseph de Maistre) o, mejor aún, “la gente tiene los gobernantes que se le parecen” (Andrè Malraux).