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Cuestión de identidad

No hay amo extranjero sin sirviente nacional, dice una expresión nacida de la sabiduría popular. No hay dominación externa sin la necesaria internalización del dominio en la imaginación de la gente. Frantz Fanón, el siquiatra de Martinica que vivió intensamente y participó en la guerra de liberación de Argelia, a mediados del siglo pasado, solía hablar y escribir sobre el llamado “colonialismo interno”, esa especie de sumisión inconsciente que se lleva por dentro, un complejo de subalterno, manía de sirviente frente al colonialismo externo, el del amo, el del colonizador foráneo. Su libro Piel negra, máscaras blancas, editado en París en 1952, es un magnífico alegato a favor de la reivindicación del dominado y una minuciosa disección del “colonizado interno” que se lleva por dentro.

Se me ocurren estas ideas al ver y escuchar el intenso debate que mantiene ocupados a muchos dirigentes y activistas políticos que se esfuerzan por descifrar las claves profundas del viaje de la señora Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos, que visitó nuestro país en días recientes. En tanto que dirigente del Partido Demócrata, la señora Pelosi es una crítica constante y aguda de la administración que preside Donald Trump. Su influencia es muy grande y su peso político es innegable.

Pues bien, en atención a esos atributos, no han sido pocos los compatriotas que ven en su visita el preludio de la caída del régimen que maneja el señor Juan Orlando Hernández. Hubo quienes, incluso, creyeron que la señora Pelosi llegaba para llevarse al gobernante y poner fin al orlandato por la vía de la propia justicia estadounidense. En este caso, como suele suceder, la imaginación y la ingenuidad caminan de la mano.

La confianza inocente en que serán los norteamericanos los que pondrán fin al régimen actual refleja involuntariamente el déficit de autoestima que afecta a nuestra sociedad. Esperar que las soluciones vengan de fuera, impulsadas por los vientos del norte, promovidas desde los pasillos de Washington, es, al fin y al cabo, la mejor prueba de la ausencia de confianza en nuestras propias fuerzas. La debilidad de nuestra voluntad interior nos conduce a depender, cada vez más, de la voluntad externa.

La idea de confiar en las propias fuerzas era uno de los ejes claves de la resistencia de los vietnamitas en la guerra contra Estados unidos, tal como había sido también durante la lucha por la independencia frente a la Francia colonialista. Era una idea tan simple como efectiva, tal como quedó demostrado a mediados de la década de los años setenta del siglo pasado, cuando las tropas norteamericanas debieron abandonar Vietnam y rendirse ante las guerrillas del Vietcong y las tropas de Vietnam del Norte.

En Corea del Norte, el líder Kim Il Sung, abuelo del actual gobernante Kim Jon-un, desarrolló la teoría del Zuche, basada esencialmente en la idea de confiar en las propias fuerzas. Cuatro gruesos volúmenes de lectura insufrible desarrollan la teoría del Zuche y muestran la forma en que la misma ha sido aplicada en la parte norte de la península coreana. La confianza en las propias fuerzas es una señal de identidad indudable. Proporciona certeza en el esfuerzo nacional y devuelve dignidad a la comunidad ofendida. Es un mecanismo interno de autovaloración positiva, que instala confianza en donde hay incertidumbre y concede gallardía a los espíritus desanimados. Es, en esencia, un factor clave para luchar por los objetivos propuestos.

Quienes piensan que el orlandato será finalmente desmantelado por una súbita decisión de Washington pueden estar muy equivocados. Sin negar el valor y la indudable influencia de los factores externos (política exterior de Estados Unidos, en este caso), no es aconsejable cifrar todas las esperanzas en ellos. El esfuerzo principal debe nacer de nuestras propias fuerzas, en las cuales debemos confiar con mayor decisión y convicción. El impulso reivindicador, que devuelva a Honduras su condición de república, debe partir desde adentro, alimentado por la convicción de que la lucha es justa, inminente y necesaria.

Confiar en nuestras propias fuerzas equivale a debilitar el colonizado que llevamos dentro, romper la red que encierra y aprisiona la voluntad propia, derrotar el espíritu de sumisión y dependencia que nos anula y envilece. Al quitarnos la máscara veremos y mostraremos el verdadero rostro de la patria.

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