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Sobre la certidumbre

Hegel, viendo desfilar desde su ventana las tropas de Napoleón, que había dominado a Europa por el peso de su talento y la fuerza de las armas, dijo que “había terminado la historia”; es decir, que no había que discutir nada más. Había una sola verdad: el dominio napoleónico sobre el mundo. Después de la caída de la Unión Soviética, Fukiyama repitió también que estábamos ante “el fin de la historia”.

El liberalismo económico y la democracia se habían impuesto, derrotando a su adversario, pero después más bien lo que advino en el pensamiento occidental fue el problema de la incertidumbre, de forma que nada era cierto, ya que dependía de las circunstancias, del momento y de las autoridades.

Es decir, empezó a abrirse paso un relativismo peligroso que ha hecho tambalear, especialmente en Europa, la moral cristiana y los valores de la libertad, que hicieron posible el desarrollo de la ciencia y la construcción del Estado nación bajo los principios de la democracia participativa.

En Honduras, en forma extraña; pero que se puede explicar con facilidad, a partir del estado de conciencia en que vivimos hemos pasado de la incertidumbre, que obliga a la duda e impulsa hacia la libertad y a la prueba y al error, a una peligrosa certidumbre que tiene mucha infantilidad. La mejor expresión, de los niños entre los 10 y los 15 años, es que como su padre no hay otro. Para después, si deja de ser adolescente y se hace hombre con una conciencia crítica, volverse cuestionador, incluso, de las afirmaciones morales de su padre. Freud hablaba de una rebelión hacia el padre como una fórmula de liberación del ser y el camino para lograr crecimiento y aproximación a la conciencia crítica.

Hay pues una certidumbre parcial, anómala: lo que se dice afuera de Honduras es la verdad. Y si se dice desde Estados Unidos, el país mas cercano emocionalmente, la duda es imposible. Aquí se puede decir que lo rojo es blanco y nadie, con mucho sentido, lo cree, pero si lo reporta Elvin Sandoval desde Tegucigalpa y se transmite a través de CNN es la verdad, fuera de toda duda.

Las ideas de Descartes sobre la duda metódica son falsas y las enseñanzas morales de Kant, innecesarias. Por la inmadurez emocional en la que vivimos hemos abandonado la razón, la duda y las exigencias para probar qué es la verdad y qué la mentira, para refugiarnos en la dependencia, camino idóneo para evadir el miedo y la ansiedad. De allí que entre Honduras y Estados Unidos preferimos a esta última nación. E incluso entre las afirmaciones ofensivas de Trump, en contra de Honduras y de nuestros compatriotas – que siempre han emigrado hacia alla – aceptamos, como verdad revelada, lo dicho por el presidente de Estados Unidos. Rechazamos a nuestros gobernantes, negamos nuestra nacionalidad y renunciamos al imperio de las leyes para, amparados en una falsa certidumbre, superar la angustia de nuestra falta de sentido de nacionalidad.

Y cuando vienen los extranjeros, incluso los antiimperialistas del pasado, los que veían en USA el culpable de nuestro desarrollo, hincamos la rodilla para implorar las bendiciones de Pelosi, para así tener la infantil certidumbre que bajo su liderazgo está segura nuestra felicidad. Bendito sea Dios.