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Caminar en círculo

Cuando vemos el panorama nacional da la impresión que en la última década no hemos hecho otra cosa que caminar en círculos. Hemos dejado que persistan los viejos grandes temas, que al no ser resueltos solamente se han descompuesto al grado tal de polarizar a la población. De allí que nos encontremos en una competencia de marchas antagónicas, buscando ganar en la calle aquello que no ha logrado resolverse en otras instancias. Las marchas son fiel reflejo de que hemos perdido la capacidad de dialogar, que la desconfianza en las instituciones del Estado es cada vez mayor y que vivimos en la incredulidad. Esta no es una lucha entre el bien y el mal, como algunos pretenden que sea vista, más bien es una demostración de la crisis en la que se encuentra nuestra clase política, sin distingo de partidos, que perdió la capacidad de escuchar, reconocer y actuar en pos de su principal razón de ser: el pueblo.
Vivimos esperando que otros, más allá de nuestras fronteras, resuelvan aquellos problemas de fondo que hemos creado y cultivado durante años. Eso sí, cuando la respuesta desde afuera no es conveniente para una de las partes, entonces las acusaciones de intervencionismo no se hacen esperar. Las campañas de desprestigio están a la luz del día para casi cualquiera que se atreva a intentar dialogar de forma incluyente y con la apertura suficiente que permita encontrar puntos en común. Escuchar a otros es mal visto, solamente está permitido poner oídos a los que hablan como nos gusta.

Hemos caído en un juego casi perverso, de esperar que algún acontecimiento cambie esta realidad y nos devuelva la estabilidad que añoramos todos. ¿En realidad eso será posible?
En diez años hemos caminado, no cabe duda, pero en círculo para volver al mismo punto de partida. No hemos resuelto los asuntos de carácter electoral, el desorden institucional impera, no logramos la adecuada separación de los tres poderes del Estado y no conseguimos que la situación socio-económica de la población mejore.

La deuda interna y la externa se han incrementado, pero la población en pobreza también. No ha habido una correspondencia entre el aumento de recursos con la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. En este tiempo hemos mejorado en algunos aspectos, como en una parte de la red de carreteras, en el ordenamiento y la recaudación fiscal, por ejemplo. Pero el exceso en las medidas ha acompañado a esas buenas obras, como las cuestionadas tarifas de los peajes, por un lado, y por otro, la casi persecución tributaria. Hemos pasado de ser vistos como ciudadanos a convertirnos en obligados, de sentirnos partícipes a ser sujetos. Esa, que quizás sea solamente una percepción y por ello esté sesgada, a fuerza de repetirse se convierte en realidad.

La falta de sensibilidad para hacer ajustes, para comunicar –que requiere la escucha de las partes involucradas- y no solamente para informar, han contribuido grandemente al descontento. Sin duda, hemos estado dando vueltas en el mismo sitio, con distinto discurso, eso sí. Catalogar como buenos y malos a aquellos que van a las calles, así como a los que por diversas razones no ejercen su derecho de manifestarse, es un grave error que solamente acrecienta las diferencias y ya sabemos que ningún país sale delante de esa manera.
Vale la pena reflexionar: ¿queremos seguir dando vueltas en círculo? La única manera de construir un mejor país es a través de la participación de todos, no solamente de aquellos que comparten una forma de pensar. La lucha contra la corrupción, el abuso y la indiferencia no tienen partido. Hay que tomar conciencia para luego actuar.