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Hormiguero alborotado

Una cosa que caracteriza a la ciudad donde vivo es la abundancia de motocicletas. Hay tantas que la ciudad me parece por veces un hormiguero alborotado. ¿Ha estado en el centro de un hormiguero alborotado, querido lector, con hormigas que le atacan de izquierda a derecha y de norte a sur, que siente que lo agobia con un peso muy grave? Esa fue, precisamente, la sensación que experimenté hoy al regresar a casa. Palabra por palabra, las motos parecían hormigas bravas. Por ejemplo, yendo varias por el carril de la izquierda, se me atravesaron porque querían doblar a la derecha.

Otras cuantas, por ir tan desesperadas, casi se llevan de encuentro los retrovisores del carro. Otro montón no hicieron nunca los altos en las intersecciones o en los regresos de calle. Incluso, estando el semáforo en verde, me preguntaba por qué nadie avanza. La respuesta: porque una constelación de motos no hicieron el alto que ordena la luz roja. Todo esto hizo que exclamara, casi al final del recorrido: “¡qué mal invento este de las motos!”, cavilando, a la vez, en la poca seguridad que ofrece el vehículo de dos ruedas. Luego caí en la cuenta: el problema no es la motocicleta, es la forma de manejarla por la persona que la usa.

Trayendo acá la idea que presentábamos en la serie de libros No te compliques, a la motocicleta hay que entenderla como un artefacto amoral (esto es, carente de la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal), por eso es que se dice que las cosas dependerán, única y exclusivamente, de la moral que le traspase la persona que las usa, para que sean beneficiosas o malignas; pero si la persona, de propósito, prescinde del sentido moral —pensar en los demás, cumplir las leyes—, la consecuencia inminente será una ciudad que parece un hormiguero alborotado. De ahí que la pregunta sea: ¿estamos abasteciéndoles de moral buena a las cosas al usarlas?