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Queda la familia

En más de una ocasión he escrito sobre este tema: sobre el lugar único que ocupa la familia en la vida de las personas, de cómo el hogar es una suerte de refugio inexpugnable, de cómo, con el paso de los años, más valoramos ese lugar al que deseamos volver, sobre todo cuando la vida se vuelve ingrata y llegamos a sentirnos la diana de todos los dardos. Y, aunque resulte cansino o redundante, no voy a dejar de repetirlo.

La existencia humana es una sucesión de dolores y de gozos, de sufrimientos y alegrías. Como decía don Mario Benedetti, hay días en los que nos sentimos como una alta colina, y, otros, como un profundo valle. Y es cierto. A veces nos sabemos acogidos y protegidos por los amigos y otras sentimos como si diéramos golpes al aire, ya que cada quien anda en lo suyo y no tienen tiempo ni ganas de acompañarnos.

En el mundo del trabajo llegan a tenerse muchos colegas y poquísimos amigos; en la vida social, los vaivenes son peores: todo depende de la coyuntura, del puesto, de la plata que se tenga.
Cuando hay fama, fortuna y salud es fácil resultar simpático; cuando la fortuna nos da la espalda, muchos la imitan y también nos la dan. Pocas visitas se reciben en los hospitales, y no digamos en las cárceles.

Al final, que no es poco, solo queda la familia. Ese ámbito en el que nos quieren gordos o flacos, altos o bajos, listos o tontos, sanos o enfermos. Ese espacio único en el que se nos quiere y valora incondicionalmente, en el que hay siempre una preocupación genuina por cada uno de los que la componen. De ahí que, en la medida en que vamos envejeciendo, crece más la nostalgia por la infancia feliz y más se echan de menos las manos tiernas de la madre, los brazos fuertes del padre o la cercanía y complicidad de los hermanos.

Yo soy el menor de siete. Uno falleció muy joven, apenas superados los cuarenta. Cuando murieron mis padres, sobre todo mi madre, es lógico que desapareció cierta fuerza centrífuga que nos llevaba a estar juntos en ciertas épocas del año, pero, con el tiempo se va recuperando una atracción, como un imán, que hace que procuremos vernos con mayor frecuencia o que nos mantengamos comunicados.

Porque, cuando la vida nos sonríe, las multitudes se agolpan alrededor nuestro, pero cuando nos tritura como bajo ruedas de molino antiguo la soledad se hace presente y caemos en cuenta que la única compañía segura es la de la familia.