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Trabajar para bendecir

El trabajo fue dado al ser humano para desarrollar sus potencialidades y disfrutara de él, pero también fue dado para bendecir la vida de los demás. Así como Dios bendice gratuitamente al ser humano con el trabajo, otorgándole las fuerzas físicas, mentales y emocionales para realizarlo, de la misma forma se debe bendecir gratuitamente la vida de nuestros semejantes, especialmente familiares a cargo y los menos favorecidos de la sociedad, con los frutos que obtenemos de nuestro empleo.

En su discurso de despedida a los líderes de la iglesia de Éfeso, Pablo afirma lo anterior cuando dice: “… vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:34-35). En una de sus cartas, el mismo apóstol les aconseja a los ricos de este mundo a que no pongan su esperanza en las riquezas, sino que más bien sean ricos en buenas obras, siendo generosos y compartiendo de lo que tienen con los demás.

Este punto de vista choca frontalmente con el de aquellos que eligen carreras, buscan empleo o crean empresas pensando solo en la acumulación y disfrute egoísta de dinero, y con el de aquellos que, incluso, se aprovechan de los menos favorecidos para acrecentar su patrimonio económico.

En nuestro país, los niveles de miseria, pobreza y falta de oportunidades son escandalosos. Así que está en nosotros procurar nivelar esta inequidad social tratando de ayudar inteligentemente a los que están en peores condiciones que nosotros. La insensibilidad y la indiferencia son pecados terribles a los ojos de Dios y se les reserva fuertes censuras porque van en contra de su deseo de que no exista necesitados en la Tierra, sino que más bien todos puedan tener las mismas oportunidades para gozar de la vida que él otorga (Deuteronomio 15:4-11).