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Los frutos del odio

Estos últimos días vividos en Honduras me han servido para reflexionar sobre distintos temas. En principio, me ha preocupado que cada vez tengo menos argumentos para convencer a mis dos hijos que viven fuera del país para que regresen aquí. Es difícil, por no decir imposible, rebatir argumentos como ahí no se pude vivir en paz, la sociedad está cada vez más fraccionada, ni siquiera se pude ir de un sitio a otro por tomas y bloqueos, demasiada gente irrespeta la ley, se ha sembrado demasiado odio en los últimos años... y un doloroso etcétera.

De lo anterior me ha llamado la atención lo último que he mencionado, lo de la siembra de odio. Porque, pensándolo bien, es una verdad que debemos enfrentar para salir de la presente y de otras crisis que puedan darse en el futuro. El odio es un sentimiento patológico, ya que el que odia está afectivamente enfermo. Y digo que está enfermo porque el odio genera sufrimiento y sufre tanto el que odia como los que lo rodean.

Los que odian piensan que ellos son buenos y, los que no piensan como ellos, malos. Los que odian, cada vez que hablan o escriben tratan de descalificar a los contrarios e intentan difundir todo tipo de sospechas sobre ellos. Conviven en su interior, en el interior de los que odian, vicios tan detestables como la soberbia, la desconfianza, los juicios temerarios, el deseo de venganza, la amargura, la envidia o el rencor. Y así es, definitivamente, imposible ser feliz ni vivir en armonía consigo mismo ni con los demás.

Y, como de la abundancia del corazón habla la boca, ese motor interno impulsado por semejantes sentimientos produce, al exterior, una serie de acciones, entre las que podemos enumerar los llamados a la confrontación fratricida, la violencia, los comportamientos destructivos, el afán por aniquilar al otro, entre otras conductas que buscan acabar con la convivencia armónica.

El problema es que las raíces del oído no siempre se manifiestan visiblemente, pero sus frutos sí. Se manifiestan en los discursos y escritos incendiarios, en el rechazo al diálogo, en los ataques gratuitos a personas en instituciones (la Iglesia Católica, entre ellas) en una terquedad rayana en lo absurdo.

Lo peor es que esos frutos del odio se busca repartirlos entre todos, como si fueran saludables, cuando son tóxicos.

Uno de estos días le decía a mi esposa: ‘si tuviera veinte años menos, yo también buscaría la manera de salir de aquí’, ya que los políticos de este país han contaminado de tal manera el ambiente que han logrado que se vuelva irrespirable.