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¡Heridas!

“Negando las mismas heridas nunca llegarán a cicatrizar”, Reese Witherspoon.

Las heridas del alma y el corazón pesan más en una persona que las del cuerpo, pues siempre el ser humano se ve afectado por las frustraciones, decepciones, enfados y pérdidas. Es fundamental cuidar las relaciones para sanar el corazón, ya que si hay muchas personas eso puede ser ruido para tu mente. La verdadera amistad se funda en la presencia.

Para sanar las heridas no se puede huir del dolor, hay que enfrentarse, aceptarlo y superarlo. La tristeza y el dolor son síntomas normales y parte de la vida. El filósofo Arthur Schopenhauer comparó la raza humana a una manada de puercoespines en una fría noche de invierno. Cuanto más fría es la noche, más nos acercamos para calentarnos, pero entre más nos acercamos, más daño nos hacemos unos a otros con las espinas”.

La realidad es que si detestas a una persona detestas algo en él o ella que es parte de ti mismo; lo que no es parte de nosotros no nos molesta. Fundamental es que todos hagamos un alto y meditemos en aceptar las heridas y aprender de ellas, no se reproche nada, considere la herida como crecimiento. Aprendamos, familia, de los errores del pasado, no permitamos que el ciclo se repita y después lamentemos.

No alimente heridas profundas, sea parte de una solución y no un problema. Las personas heridas siempre reaccionan en forma exagerada y sobreprotegen y ejercen influencia desmedida, ya que nunca se quitaron la astilla encarnada. “El que no puede perdonar a otros destruye el puente que él mismo debe cruzar”, George Herbert.

No seamos egoístas, sino pensemos qué les vamos a heredar a las futuras generaciones. “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”: 2 Crónicas 7:14. ¡Aquí nos sanamos las heridas y ganamos todos!