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Enséñanos a amar  

Hace unos días atrás tuve la oportunidad de leer el análisis que hace Stanislas Lyonnet del amor de Dios en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32), el cual me hizo estimar asuntos que antes no había considerado de ese texto.

Al final de la lectura, la sensación que me quedó fue de desazón conmigo mismo. “Comparado con Dios prácticamente yo no sé amar”, me dije. Así que mi petición inmediata fue: “Señor, enséñame a amar como tú lo haces”.

He aquí, algunos extractos de la reflexión de Lyonnet. Esta parábola contiene un milagro sorprendente, y no es tanto el arrepentimiento del hijo, sino el perdón del padre; es decir, el hecho de que el padre, cuando el hijo ha resbalado hasta el fondo, le extienda la mano para ayudarlo a subir. Y esto, a pesar de que su hijo ha rehusado dejarse amar por él y ha impedido que él lo circunde de un amor eficaz.

Cuando el hijo regresa arrepentido, el padre, sin titubeos, lo perdona. Él jamás ha dejado de ser hijo para su padre, y un hijo muy amado; el hijo es el que ha rehusado ser tratado como tal. Los hombres no sabemos perdonar porque no sabemos amar; o bien, antes de perdonar queremos tomar una revancha humillando al culpable.

Quizá ustedes se han dado cuenta de que el padre procura no humillar a su hijo; para esto, no hace ni la más mínima alusión a su pasado deshonroso. El hermano mayor es el que se atreve a reprochar al padre que parezca olvidarse de él. Para el padre, ese pasado es demasiado doloroso como para estarlo recordando.

El padre del hijo pródigo había respetado la libertad de su hijo, no le había impuesto a la fuerza sus dones; el hijo ya arrepentido es cuando los acepta libremente, ya que el amor debe ser una entrega libre, definitiva, o no existe de hecho. ¡El Nuevo Testamento nos enseña que este es el modo escogido por Dios para comunicarnos su propia vida!