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Virtudes a la baja

Hay una serie de hábitos éticos que hoy no solo cuentan con mala prensa, sino que son vistos con desconfianza y casi con desprecio. Hoy, todo lo que suena a esfuerzo, a sacrifico, a privarse voluntariamente de algo se pone bajo sospecha y se convierte en algo que hay que evitar a cualquier costo. Así, conductas como la sobriedad o el desprendimiento no resultan apetecibles ni se procura su práctica.

La templanza, esa virtud cardinal que nos enseña a gozar de manera racional los distintos placeres que acompañan a la existencia humana, se considera una fuente de frustraciones y un obstáculo para “vivir la vida”.

Parece que se ha olvidado que una vida plena no es, absolutamente, aquella que carece de freno, aquella cuyo cometido es pasarla bien e ir de disfrute en disfrute. Está claro que ese no es el camino para llegar a la felicidad, sobre todo porque lo que se consigue con la posesión de bienes puramente aparentes y sumamente pasajeros termina por producir hastío y un sentido de vacuidad bastante doloroso.

El ambiente en el que vivimos, en el que crecen nuestros hijos y nietos, invita a lo fácil, a lo superficial, a lo epidérmico. De ahí que cuando no se logra el disfrute inmediato sobrevenga la frustración y la tristeza y se opte por fugas peligrosas como el alcohol, otras adicciones peores o el cansancio de la vida misma, que lleva al suicidio. Los padres hemos contribuido y continuamos contribuyendo con este orden de cosas. La sobreprotección, para el caso, ha hecho pedazos la personalidad de los hijos; demasiada gente joven está creciendo sin disciplina familiar y sin ningún tipo de exigencia.

Pobrecito mi hijo, decía un padre sobreprotector, que tiene a todo el mundo en su contra: al profesor de la escuela, al entrenador del equipo deportivo y a muchos de sus compañeros. El profesor no lo comprende y le coloca bajas calificaciones; el entrenador no siempre lo mete al terreno de juego, y los compañeros lo marginan y no lo invitan a sus fiestas. Así se desarrolla un victimismo malsano que lleva a ver enemigos en cuantos lo rodean y a buscar tratos singulares que no son ni necesarios ni merecidos.

Hace meses he citado al papa Francisco, quien dijo que hoy hay muchos niños y jóvenes que son como muñecos de trapo: sin columna vertebral, sin carácter, como veletas movidas por el viento. Son el producto de unos padres complacientes que les enseñaron a despreciar el esfuerzo y pasarla tontamente bien. Ya la vida les dará unas lecciones que les harán llorar amargamente, pues no están siendo preparados para ellas.