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Quedan los recuerdos

Mientras vivía mi madre, que sobrevivió a mi padre poco más de 11 años, parte de la Semana Santa acostumbraba pasarla en Juticalpa. Así, en estos días, igual que en navidades o Año Nuevo, volvía al seno del hogar en el que transcurrió mi idílica infancia y buena parte de mi adolescencia. Luego, ya con esposa e hijos, regresaba a mi casa, a mi calle y a mi gente, con un íntimo deseo de retroceder el tiempo y de recuperar el sosiego y la seguridad que da la presencia de los padres, aunque ya peinemos canas o luzcamos lustrosas calvas.

Mi papá era riguroso observante de la abstinencia cuaresmal, y, además de guardar el Viernes Santo, no probaba carne desde el jueves precedente, el Jueves Santo. La sopa de tortas de pescado enhuevado era obligatoria en la cocina en aquellos días y para los que aborrecíamos semejante platillo había sopa de capirotadas. Por cierto, cada año se libraba una pequeña batalla alrededor del fogón para evitar que las exquisitas tortitas de maíz y queso acabadas de freír fueran consumidas antes de ser echadas a la olla de sopa. En Olancho, además, esta es época de torrejas y rosquilla en miel, estas últimas llamadas buñuelos en Juticalpa y sus alrededores.

Los días grandes de la semana, de Jueves Santo en delante, las actividades religiosas marcaban el ritmo de la vida de la ciudad. El lavatorio de los pies, la oración ante el monumento en la iglesia parroquial, el viacrucis el viernes por la mañana y el santo entierro cuando caía la noche. El sábado por la noche solía organizarse sonada fiesta bailable con el conjunto local Los Juniors, de don Víctor Mejía, o con alguno llegado de Tegucigalpa, Danlí u otra localidad. El domingo se madrugaba para asistir a las Carreritas de San Juan, y con ellas prácticamente se daba por concluida la Semana Santa.

Ahora que han pasado los años; más rápido y en mayor cantidad de lo que uno quisiera, quedan los recuerdos. Pero recuerdos dulces, agradables, casi gozosos. Con ellos se establecen vínculos necesarios entre las antiguas y nuevas generaciones, y se hace una justa valoración del pasado.

Por eso es que los padres de hoy en día, debemos hacer la lucha por dejar en nuestros hijos memorias cálidas, simpáticas, dignas de traer al presente. De muchas maneras, esos recuerdos devienen en cimientos de la personalidad y sirven para definir valores vitales. Así que, a aprovechar esta semana para dejar buenos recuerdos.

Ahora que han pasado los años; más rápido y en mayor cantidad de lo que uno quisiera, quedan los recuerdos.