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Escuchar y enseñar

Posiblemente siempre ha pasado igual. Hay términos o conceptos que se ponen de moda y que se convierten en banderas discutidas, defendidos por unos y atacados por otros, sin que ni los unos ni los otros se fijen en el contenido exacto del concepto, sino en la interpretación que da el contrario. Eso pasa hoy con palabras como “discernimiento”, “sinodalidad”, “diálogo”, “escucha”.

Esta introducción viene a cuento de los ataques que ha sufrido la exhortación del Papa tras el sínodo de los jóvenes. Ataques que son consecuencia de interpretaciones totalmente equivocadas y que giran en torno al concepto de “diálogo” y al de “escucha”.

Primero, la interpretación equivocada; a modo de ejemplo, valga lo que un sacerdote que se proclama forofo del papa Francisco dijo, como homilía, comentando el evangelio en el que Jesús dice que el primer mandamiento es amar a Dios y el segundo amar al prójimo; para esta “prenda sacerdotal”, lo primero no es amar a Dios sino escuchar, lo más importante es escuchar. De ahí, él concluye que hay que escuchar al pueblo, es decir que lo que diga el pueblo es lo que vale, y que si la gente quiere sexo, droga y buen rollito, pues hay que dárselo porque eso es lo que nos ha mandado el Señor.

Ante interpretaciones así, no es de extrañar que el cardenal Sarah diga que la Iglesia no está para escuchar, sino para enseñar. En realidad, la Iglesia está para las dos cosas: para escuchar -primero a Dios y luego al pueblo- y para enseñar al pueblo lo que viene de Dios y no lo que ella se inventa.

Pero es que esto no está reñido con lo que el Papa enseña en su exhortación sobre los jóvenes; es verdad que el santo padre alerta sobre el riesgo de reducir la pastoral juvenil a una catequesis, por muy buena que esta sea, pero también es verdad que habla de las tres verdades primeras que nos enseñó el Señor: “Dios existe”, “Dios es amor y es misericordia” y “Cristo es nuestro Salvador, que pagó el precio de la sangre para abrirnos las puertas del cielo”.