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Para vivir bien la semana que viene

Pocas fechas del calendario se esperan como las de la semana que viene. Tanto si se le da la connotación religiosa original o si sólo se le considera como un feriado, un período de descanso más, lo cierto es que, desde hace tiempo, hemos venido contando los días que faltan para la Semana Santa. Y ahora está a la vuelta de la esquina.

Pero, para aprovecharla mejor, para vivirla bien, pienso que deberíamos considerar las siguientes ideas.

Antes que nada, debemos saber desconectar de la actividad laboral ordinaria. Hoy que la tecnología nos impide tomar distancia real y efectiva de jefes y colegas, hay que hacer un esfuerzo para no llevarse la oficina al hogar y para no robarle tiempo a la familia y al descanso redactando o mandando informes o contestando correos. Si en la cultura judeocristiana se habla de un Dios que necesita descansar luego del acto creador, no somos nosotros superiores a Él para mantenernos ininterrumpidamente vinculados al negocio o a la empresa. Ya lo dijo un santo español: el cuerpo y la mente son como una cuerda, si se mantienen en constante tensión terminan por romperse.

Y para poco sirven un cuerpo “reventado” o una mente “fundida”. Además, sólo los soberbios de antología pueden creer que sin ellos nada funciona. En este mundo todos somos contingentes, el universo no verá interrumpido su perfecto equilibrio debido a nuestra ausencia; dicho de otro modo: somos útiles, pero no indispensables. Luego, seamos sinceros, los días de vacaciones con la familia, pueden resultar muy gratos o una especie de tortura, sobre todo para los hijos. La falta de tiempos y espacios compartidos con la prole facilita el trato amable, porque es casi siempre distante; pero el trato asiduo y la cercanía puede generar fricciones en la convivencia. De ahí que, para vivir bien la semana que viene, y para que efectivamente sea una veta de buenos recuerdos, debemos esforzarnos por afinar en afabilidad, en delicadeza, en dulcedumbre.

Seguro saldrán a la luz los naturales defectos de cada uno, pero no debemos enfocarnos en ellos. Habrá, si hace falta, que hacerse de la vista gorda ante ellos y privilegiar lo positivo, lo simpático. Si nos proponemos, podemos, incluso, convertir un momento de tensión en una ocasión para el buen humor, para reírnos un rato.

Lo importante es aprovechar al máximo para sintonizar con la gente que queremos y para tomar distancia de la rutina, de las colas interminables en calles y bulevares, de los problemas de la oficina, del estrés autoimpuesto que todos padecemos. No perdamos esta oportunidad, porque Semana Santa dos mil diecinueve solo habrá una.