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Una mujer ejemplar

Cuando Abigail le pidió a David que perdonara la ofensa que le había hecho su marido acompañó sus súplicas con una provisión generosa de alimentos para los hombres del futuro rey, demostrando así una enorme perspicacia de cómo apaciguar los ánimos enardecidos.

Ser como Abigail, entonces, según esta segunda característica, implica tanto procurar llevarse bien con los demás como también generar un ambiente de armonía en los lugares donde uno se encuentra, evitando el chisme, la crítica, el mal carácter o cualquier tipo de maltrato. Incluso, este personaje nos deja el reto de ser “gestionadores” de la paz y restauradores de relaciones rotas.

Un tercer rasgo importante en la vida de Abigail es que era una mujer de Dios. Ella no solo se limitó a pedir perdón, sino que le dio a David una breve “cátedra” de teología. Le recordó que según la ley mosaica él no debía tomar venganza por sus propias manos, sino que debía dejar que Dios hiciera justicia.

Además, le sugirió que, habiendo sido una persona intachable hasta el momento, vería manchada su reputación si realizaba la matanza que se había propuesto y, de esta manera, comenzaría su reinado con el pie izquierdo, demostrando ser un monarca impulsivo y temperamental. David la escucha. ¿De dónde sacó esta mujer tanta sabiduría para hablar y persuadir?, ¿cómo es que tiene tanto temple para enfrentar a 400 hombres enardecidos y convencerlos de su error, pese a que pertenecía a una sociedad en extremo patriarcal? La respuesta es, de Dios.

Abigail era una persona que tenía una relación sólida con su Señor, conocía su Palabra y vivía cada día aplicándola a su vida. Y es que no existe otra manera si queremos tener la sabiduría necesaria para tomar buenas decisiones y saber cómo sortear con éxito los problemas.

La historia termina con un Nabal al que le da un derrame cerebral (justicia divina) cuando escucha lo que hizo su mujer y con David tomando a la viuda como su esposa; pero el ejemplo de Abigail perdura para todo aquel que quiera aprender de él.