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Cambio del carácter del hondureño

El carácter de una persona se refleja mejor en la forma en que enfrenta las dificultades y se confirma en la disposición para rendirse o no al margen de la fuerza del adversario.

En cuya conciencia yace la convicción de que no es inferior a los retos que se enfrenta, por lo que empuja y empuja, incluso hasta la muerte. Como hay carácter individual, también hay un carácter colectivo; en el caso nuestro, no muy claro, sí algunas evidencias sobre las que los estudiosos tendrán que construir definiciones en el futuro.

Para empezar, hay que decir que así como la existencia del hondureño es una hipótesis, de igual manera el carácter nacional es una multiplicidad de expresiones todavía sin consolidar. Sin embargo, sabemos algunas cosas para aproximarnos al tema. El carácter colectivo hondureño tiende a la sobrevivencia, lo que lo empuja a la aceptación mansa de la realidad, al sometimiento a los más fuertes –con excepciones que constatamos en las guerras civiles endémicas del pasado y la “revuelta de las llantas quemadas”–, al menosprecio de sus posibilidades de triunfar y cierta tendencia hacia la indolencia.

La fama que tenemos en Centroamérica es que somos el pueblo que más nos ha dado Dios; pero los más haraganes. De repente, hay algo de esto, pero Filander Díaz Chávez desarrolló la tesis que la pereza que exhibimos, las escasas aspiraciones que mostramos, es una fórmula que aprendieron nuestros antepasados ante la explotación de los españoles, que mayoritariamente no llegaron a cultivar la dedicación al trabajo, sino que a explotar a los más débiles.

Se aprecia en el carácter del hondureño mucha disposición hacia la dependencia. Primero hacia los españoles– solo tuvimos rebelión en Santa Bárbara después de la resistencia de la conquista–, después hacia los estadounidenses y, ahora, ante cualquier extranjero.

La excepción en que manifiesta cierta arrogancia es frente a los salvadoreños, por razones de vecindad, y con los nicaragüenses, por la diferencia en el tratamiento. Estudiosos nos han dicho que incluso el hondureño valora que el extranjero lo trate mal. En una suerte de síndrome de Estocolmo, cree que en la medida en que lo insultan le muestran afecto en el fondo de todo.
Al margen de lo anterior, creemos que tal carácter no sirve para el desarrollo nacional y que la pobreza que exhibimos, además de otros factores que no vienen al caso, es fruto del carácter relativamente indolente del hondureño en general.

Cosa que podemos comprobar al ver el mapa nacional, donde observamos que las manchas mayores de pobreza corresponden a zonas en donde el carácter del hondureño es más frágil y dependiente. De forma que es fácil concluir que, aparte de lo dicho, si queremos desarrollarnos necesitamos forjar en las nuevas generaciones un carácter optimista, de triunfador, que no se rinda ante las dificultades ni se hinque frente a nadie, ya que confía, como David ante Goliat, en que tiene oportunidades.