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El espejismo de la postverdad

Aunque la verdad es más terca que una mula, nunca ha faltado gente que se haya querido meter con ella. Últimamente, para el caso, se ha acuñado el término de “postverdad”. La postverdad es un concepto más bien difuso que afirma que lo verdadero ya no es aquello en lo que coinciden la percepción y la realidad, que es lo que ha sido el concepto clásico y universalmente aceptado de verdad, sino una especie de espejismo, es la suma de la percepción que cada uno tiene de las cosas, a lo que se le agrega el impacto afectivo que le producen los consensos respecto a ella, la coyuntura en que se mueven y un par de ideas más.

Traducción: la verdad no tiene por qué coincidir con la realidad, es verdadero lo que cada uno considera como tal o, peor aún, lo que cada uno quiere considerar como tal. La historia del pensamiento humano nos muestra que el concepto de postverdad tampoco es una novedad recién estrenada. Aunque con otras palabras ya antes se habían hecho afirmaciones semejantes.

Lo que sucede ahora es que entre fakenews y postverdades habrá que agudizar más el intelecto y ponernos más serios cuando nos coloquemos ante la realidad porque podemos ser víctimas de mil engaños y terminar por conformarnos con lo que nos dicen y no preocuparnos por llegar al fondo de los asuntos.

Yo, que desde hace muchos años he aprendido a dudar de lo que no procede de fuentes autorizadas y dejo pasar tiempo y me informo mejor antes de definir un juicio, estoy sorprendido ante la existencia misma del término, ya que la etimología misma me dice que lo que está después de la verdad, que eso es lo que significa el prefijo post, tiene también que ser verdadero. A menos que también se quiera jugar con el significado del mencionado prefijo y se le atribuyan unos significados que lingüísticamente no le correspondan. Y esto es posible, porque como las cosas ya no son lo que son, sino lo que yo quiero que sean, igual puedo torcer la semántica o elaborar mi propio diccionario.

Esto da pena, puesto que aunque yo afirme que soy perro, consuma concentrado y aprenda a ladrar, no por eso dejaré de ser persona humana, aunque en proceso de deterioro, claro. Por suerte es solo asunto de modas. Al final, la realidad, que sigue ahí, se impone y nos golpea, por eso para creer algo antes hay que usar la cabeza. Lo dijo Agustín de Hipona hace casi diecisiete siglos: hay que pensar para creer y creer para pensar.