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Una mujer ejemplar

Señalábamos la semana pasada que Abigail (el personaje bíblico) era ejemplar porque había aprendido a cultivar tanto su belleza externa como la interna, y esta última de manera especial. Ella estaba casada con un poderoso terrateniente llamado Nabal, cuyo nombre significa “necio”. Este era un hombre egoísta, avaro, de mal carácter y de trato áspero; es decir, hacía gala de su nombre.

Por aquella época, David se encontraba todavía huyendo del rey Saúl, quien buscaba por todos los medios que aquel no llegara al trono. El futuro rey andaba protegido por un contingente de 600 guerreros, los cuales había que alimentar. La estrategia de David, entonces, era pedirles a sus hombres que resguardaran los animales y los pastores de los terratenientes del lugar donde se encontraban para luego, a cambio, solicitar alimento por unos días y seguidamente partir a otra región. Esta práctica que le había dado anteriormente éxito encontró dificultades con Nabal. Este no quiso ayudar a David, pese a que los guerreros del futuro rey habían protegido los bienes del terrateniente. Y no solo se negó a cooperar con David, sino que lo menospreció, criticando su origen humilde y su situación de fugitivo.

Cuando los insultos de Nabal llegaron a oídos del futuro rey, este se llenó de indignación y de ira, por lo que decidió impulsivamente arrasar con la casa del terrateniente. Cuando la noticia de que David se acercaba con 400 hombres para matar a todos los de la casa de Nabal llegó a oídos de Abigail, ella tuvo que tomar una decisión. Uno se podría preguntar qué puede hacer una mujer para detener a un nutrido grupo de hombres enardecidos, con sed de sangre. ¿Huir?, ¿entregarse en manos del destino? Gracias a su enorme sabiduría, Abigail decidió ir a pedir perdón a nombre de su esposo para sosegar así el ánimo de los guerreros. De esta manera demuestra que en lugar de ser una mujer que crea problemas es una que busca proactivamente arreglarlos, un rasgo más de por qué ella es tan ejemplar.