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Debray

En uno de mis más recientes artículos de esta columna, específicamente en el intitulado Sartre y los otros, escribí –en forma sucinta, por supuesto– sobre la obra de tres escritores y filósofos galos que han influido en el gran público. Uno de ellos, Regis Debray, muy conocido en América Latina por sus andanzas en las montañas de Bolivia con el legendario Ernesto Che Guevara en la década de los años 70, en donde fue capturado y más tarde liberado por una campaña internacional y la presión del Gobierno francés y hasta del papa Paulo VI, sirviendo más tarde como asesor político del presidente François Mitterrand.

Los libros de Debray son verdaderos best seller, tanto por su calidad crítica como por los temas que aborda, uno de ellos: Dios, un itinerario, que es una apasionada reflexión sobre las relaciones del ser humano con un ser superior.

Pero ¿cómo puede un marxista como Debray coger la pluma para consagrar en un libro la necesidad de un ser superior? Él nos explica en su obra que la fe es una extraordinaria gracia divina que tienen los creyentes y que, aunque él no ha encontrado todavía a Dios, existen muchísimos que sí lo han hecho y que han testimoniado que su salud, su dinamismo, su audacia, sus fortalezas o su vitalidad les han sido proporcionadas por Dios, confesándonos que lo divino es lo que a él le ha interesado como tema principal de su interesante libro.

Para Debray, la espiritualidad no es suficiente para tener una religión, como tampoco una religión no es suficiente para hacer un dios. La relación entre el Dios único y la espiritualidad –explica– es la relación que podría existir entre una solución acuosa y el cristal, toda vez que Dios cristaliza en nuestras mentes la espiritualidad como tal.

Remarca, por ejemplo, cómo el cristianismo ha podido unir a los estadounidenses después del 11 de septiembre de 2001 en un solo pueblo, orando por su país, haciendo gala de un culto muy fuerte a la patria, cultivado a través de las oraciones, acentuándose una solidaridad con las víctimas de los terroristas de Al Qaeda, lo que evidentemente los telespectadores vimos en tiempo real por las cadenas de noticias internacionales.

Sin duda alguna, para este autor la esperanza tiene un fondo religioso que hace conciliar la razón crítica con lo sagrado, al grado tal que el cristianismo, contrariamente a las comunidades del islam, ha sobrepasado la barrera de la mitologización. Explicándonos finalmente que la ciencia no engendra la unidad espiritual, sin que quepa confundir el saber, con los sentidos.