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La democracia en Honduras

Hay tres olas que se han movido en los sistemas políticos latinoamericanos en las últimas décadas: la ola de la izquierda con el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela y que arrastró a varias naciones suramericanas hacia la izquierda política; la segunda ola es la que se ha iniciado con el retroceso de la izquierda y el giro nuevamente hacia la derecha que se experimenta en la actualidad, y la tercera ola es la desestabilizadora, que también recorre como pólvora América Latina y sacude a la región centroamericana. En medio de ese oleaje estamos nosotros, está Honduras.

Los discursos cargados de doctrina, la arengas de un lado y otro, izquierda y derecha, parecen clichés demasiados viejos para que muevan a la gente; la pérdida de identidad de los partidos políticos y su incapacidad de conectarse con las masas está sobre la mesa. Nosotros no caímos en la ola izquierdista, nos mantenemos por la derecha, pero la ola desestabilizadora sí nos alcanzó y aquí es donde estamos, en un atasco entre la izquierda y la derecha, producto del trauma de la reelección, que determinará si nuestra democracia avanza, se fortalece o, por el contrario, entramos de lleno en esa ola desestabilizadora que puede acabar con nuestro sistema político.

No obstante, hay cosas ciertas en medio de todas estas tesis políticas y sus programas, hay certezas que nos indican la ruta que se debe seguir, hay pautas claras que estos escenarios nos han dado, ya que es claro que la corrupción es el elemento clave que desestabiliza cualquier sistema político. Corrupción es corrupción y esta afecta a la derecha como a la izquierda. Es la corrupción la que causa la mayor inestabilidad de la democracia, sea una democracia de derecha o sea de izquierda, es la corrupción la que minó el camino de la izquierda y le preparó su funeral y es también la corrupción la que ya tiene escrito el epitafio para la derecha.

La otra certeza es que democracia y pobreza son dos antónimos que no pueden subsistir juntos. El desarrollo de los pueblos es también el desarrollo de la democracia; la pobreza de los pueblos significa la extinción de la democracia. Nadie come de la izquierda o de la derecha, la gente necesita más que política y doctrina socialista. Sea cual fuere el tinte político de los Gobiernos, donde hay pobreza, donde hay miseria, no puede subsistir la democracia, pero tampoco puede germinar la izquierda, si no veamos a Venezuela como el mejor ejemplo. Qué haremos nosotros en Honduras ante estas olas que se mueven por el continente. Somos una democracia, pero aún somos muy pobres, somos una democracia; no obstante, con la amenaza de la corrupción sobre nuestro cuello, somos una democracia, pero envuelta en una inestabilidad como jamás se la imaginaron los que fraguaron la reelección.

Así como democracia y pobreza no son sinónimos, corrupción e inestabilidad para mí sí lo son, es la corrupción la que produce la inestabilidad, es la corrupción la que mina la democracia y la hace perder credibilidad, es la corrupción la que debilita las instituciones y cambia las reglas del juego democrático con instituciones serviles. Entonces, el camino es claro para la democracia en Honduras: combatir la corrupción para acabar con la inestabilidad y atacar la pobreza.