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El peligro de la indiferencia

Convivimos con el descaro. A diario desfilan en los medios de comunicación las noticias que poco a poco van mermando nuestra capacidad de asombro.

Historias de abuso de poder, de corrupción de antaño y de ahora, de frases absurdas hechas para salir del apuro de alguna pregunta incómoda, que luego son objeto de publicaciones sarcásticas en redes sociales, convirtiéndose en un desahogo virtual a la decepción real.

Información sobre la pobreza que agobia a la población, sobre la necesidad de empleo, la falta de oportunidades de salud y educación para miles de hondureños.

Hemos dado un paso más allá de simplemente acostumbrarnos a convivir con ello, para volvernos indiferentes.

Sin darnos cuenta, como sociedad en ocasiones nos volvemos partícipes de esta forma casi perversa de actuar. No somos capaces de actuar por el bien común, nos cuesta mucho pensar en colectivo. Más que ser individualistas, estamos siendo egoístas.

Hace poco tiempo, atónita escuché el consejo de un amigo, que me recomendaba aprender a convivir con la miseria que nos rodea, preocupándome solamente por mi entorno inmediato, mi familia, aceptando que la vida es así. “Que te preocupe solamente tu situación”, me decía.

Me sorprendió mucho su forma de pensar, pero luego llegué a la conclusión de que solamente se había atrevido a expresar lo que muchos asumen como forma de vida.

Ser buenas personas y buenos ciudadanos no es equivalente a no hacer daño a otros. La búsqueda constante por ser mejores humanos, implica aceptar nuestra responsabilidad individual de ser agentes de cambio positivo en nuestro propio entorno, que incluye a la familia, pero se extiende hacia la comunidad inmediata.

No hacer el mal no es equivalente a hacer el bien y es quizás allí donde nos confundimos. Hacer el bien es actuar en beneficio de otros. Esto significa que no podemos quedarnos expectantes, al borde del camino.

Sin duda una sola persona no puede hacer la diferencia en nuestro entorno completo, ni en todos los problemas nacionales en su conjunto, pero sí podemos contribuir a mejorar la situación de alguien, en nuestro entorno inmediato. Las oportunidades de ayudar se presentan constantemente, tener la mente y el corazón abierto para identificarlas debe inquietarnos siempre.

La pregunta constante de quienes han elegido el egoísmo -por voluntad propia o por inercia- es ¿y qué obtengo a cambio? Tanto nos hemos adaptado a actuar por interés, que lo vemos con naturalidad. Cuántas buenas intenciones, buenos proyectos e ideas se pierden en el camino por el interés en obtener algo más. Cuánta buena voluntad se habrá visto truncada al estrellarse en el muro que conforman quienes no son capaces de ver otra cosa que no sea el espejo.

También están los que critican todo, que ven con ojos sospechosos a cualquiera –persona natural o jurídica- que desee asumir un rol activo en temas sociales. ¿Tendrá aspiraciones políticas?, ¿está buscando evadir impuestos?, ¿lo hará por moda? Suelen ser las preguntas más frecuentes. En contraste, hay muy buenos ejemplos de personas que luchan incansablemente por los demás en este país, desde distintas perspectivas, a pesar de las adversidades. Vale la pena buscar esos buenos ejemplos, como fuente de inspiración.

Debemos asumir que en este país, donde la sospecha y la desconfianza son permanentes, buscar el bien común no es cosa fácil. Pero lo mejor no es precisamente lo más fácil. Asumir nuestra propia responsabilidad en la construcción de una mejor sociedad, implica seguir adelante a pesar de los obstáculos, con resiliencia, sin esperar nada a cambio, por convicción, con solidaridad y sobre todo, con amor por nuestro país. ¡Renunciemos a la indiferencia!