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La vitrina

Algunas veces puede que nuestra relación interpersonal con algún miembro de nuestra familia no se esté desarrollando de buena forma, no porque haya rencores o malos sentimientos entre los dos, sino porque existe poco contacto y poca comunicación entre ambos. Esto puede estar siendo motivado por varios factores: una discrepancia grande de edad, las diferencias que existen en los horarios, la falta de interés, etc. Lo fundamental será, entonces, con todo lo que circunda a la aparición de dicho escenario, no quedarse conforme con él. Por el contrario, buscar cambiar el curso de los acontecimientos es lo que se debe anhelar.

Como bien apunta Manuel Chinchilla en su libro Compromiso con valores: «La sociedad gira y se desenvuelve alrededor de las familias que la integran, y la calidad de estas determina la excelencia de la otra…». Si la mayoría de familias que componen una sociedad son desunidas, con poca comunicación, con limitaciones extremas de cariño y amor entre sus miembros, con pocos o ningún valor moral y religioso circulando entre ellos, la sociedad en la que forman parte será, inevitablemente, deficiente. De allí la importancia extrema que tiene el fortalecimiento de los lazos familiares y de la familia como tal (ver Efesios 5:22-6:4).

Por tal razón, si nosotros detectamos que en nuestro hogar se está experimentando algo de lo que se mencionó anteriormente, tenemos que actuar, hacer algo. Recordemos que si conformamos una familia de alta calidad estaremos contribuyendo a la vez a conformar una sociedad de alta calidad. Es aquí donde reside el punto medular del asunto: «Todo hogar es una vitrina porque tiene la vida de sus miembros expuesta a la vista de familiares, amigos, vecinos, maestros y compañeros de los hijos, miembros de la iglesia y la gente en general. Aunque se trate de vivir un hermetismo de soledad exclusiva, de todos modos se conocerá la familia por lo que es. ¡De nosotros depende!