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Sartre y los otros

Soy un convencido e intransigente francófilo, aunque esto cause escozor a algunos, y, como tal, tengo predilección por los escritores franceses contemporáneos y por lo que estos representan, como Jean Paul Sartre, que debido a su obra literaria y a su actitud como defensor de la libertad ha sido conocido no solamente por los filósofos, pues él era uno de ellos, sino que también por el gran público con sus ensayos y novelas como La pared, Los caminos de la libertad o El diablo y el buen Dios.

En París he visitado varias veces los famosos cafés Le Deux Magots y Le Café de Flore, ubicado uno frente al otro en el barrio Saint Germain des Prés, en donde Sartre se daba cita con los intelectuales de la época hasta el día de su muerte (1980). Siendo hoy día un lugar de encuentro de gente bohemia o del medio artístico, de turistas o simples curiosos como yo, que hemos querido estar donde estuvieron estas aves raras. Otro fenómeno literario contemporáneo es sin lugar a duda André Malraux, que cuenta entre sus obras más recientes con El museo imaginario y La metamorfosis de los dioses. Hay una interesante biografía de él, escrita por Olivier Todd, que más que biografía es un trabajo de investigación que arrasa con todos los secretos que se han afirmado sobre la vida de Malraux, mostrándolo como un personaje generoso, noble y polifacético.

Malraux era un convencido de que la política es la tragedia de los pueblos, una verdad de Perogrullo digo yo, que como en el caso de Honduras obstaculiza su progreso y desarrollo, pues las ambiciones de algunos políticos criollos son tales que minan el bien común y el progreso del país, prevaleciendo solamente el interés personal o el de sus allegados, por eso estamos como estamos.

¿Quién no recuerda a Regis Debray?, también filósofo y escritor francés que como sabemos estuvo al lado de la guerrilla que comandó el legendario Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, en donde fue capturado y más tarde liberado por las presiones internacionales y una campaña precisamente de Malraux y Sartre y también del papa Paulo VI. A Debray lo conocí en París cuando él fungía como consejero de François Mitterrand. Por razón de mi trabajo yo solía visitar mensualmente la Casa de América Latina para almorzar con los embajadores latinoamericanos, donde también acudía Debray, pues la directora general del centro era su concubina (el concubinato es una institución legalmente establecida en Francia), una mujer latinoamericana, no del montón, que compartía sus ideas y pensamiento. Entre sus obras más influyentes están Crítica de la razón política (1981), Vida y muerte de las imágenes (1991) y, la más reciente: Dios, un itinerario, (2001), que inspiró uno de mis artículos publicado en esta columna.