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El respeto, condición necesaria

No cabe duda que una de las virtudes humanas imprescindibles para la convivencia social armónica es el respeto. Este hábito ético participa de cada una de las cuatro virtudes cardinales y sin su práctica la sociedad se torna inhóspita, resulta inviable. La persona respetuosa es prudente porque antes de actuar o de hablar piensa en su interlocutor y en el efecto que sus palabras o sus actos pueden causar en él; procura ser justa porque reconoce la dignidad del otro y, por lo mismo, reconoce sus derechos; y es fuerte y templada porque posee el autogobierno necesario para controlar sus reacciones y tratar al prójimo como este espera ser tratado.

El respeto es una condición indispensable, en primer lugar, para la vida en familia. Es un hecho indiscutible que el hogar es la primera escuela de virtudes humanas y que en él nos humanizamos. Un padre respetuoso, una madre respetuosa, antes que con nadie con su propio cónyuge, dejan una huella profunda e imborrable en la conducta de los hijos. Una actitud respetuosa ante la prole, independiente de la edad, sexo, temperamento o capacidades físicas o intelectuales de aquella, forman para toda la vida. En casa deben respetarse los espacios, la propiedad personal, los gustos, los silencios, los estados de ánimo, los rasgos peculiares, etc. En la familia se aprende que solo puede exigir respeto el que es capaz de respetar.

El mundo del trabajo es otro ámbito en el que es obligatorio ser respetuoso. Un colega que acostumbra saludar, a pedir permiso cuando va a tomar prestado un instrumento de trabajo, que no nos hace perder el tiempo con conversaciones interminables, que no se toma confianzas no concedidas, es tremendamente valorado. Por el contrario, el chabacán, el que se hace constantemente el gracioso, el que invade el espacio ajeno... resulta insoportable.

Y en la calle, en la vida social, en la coexistencia ciudadana, el respeto también es necesario. Respeto a las ideas, a los puntos de vista, al ancho universo de lo opinable, a las opciones políticas, etc. Para gustos, colores, reza el refrán, y es muy cierto. Nadie tiene derecho a imponerle su visión del mundo a nadie; nadie debe emitir juicios negativos sobre aquel que prefiere saltar o arrastrar los pies en vez de caminar sin que impida el paso a los demás. La intolerancia, la censura cerril, son muestras de barbarie, de vicio enconado, de conducta perversa.

El respeto, además, es premisa para la existencia de la paz. Así de importante es.