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¿Le importo a Dios

Según muchos autores y estudiosos, una pregunta continúa saliendo a la superficie de diferentes maneras. Es la misma pregunta que causa la mayoría de dudas en las mentes de todos aquellos que la reflexionan o que simplemente se la hacen. ¿Soy yo de importancia? O mejor, ¿le importo a Dios? Muchos alegan que solo hace falta ver lo que acontece en la sociedad para rápidamente desengañarse de esa idea. De acuerdo con la Unesco, hay por lo menos 100 millones de niños de la calle y 75 millones de jóvenes desempleados en todo el mundo. Las estadísticas contra el aborto revelan que cada año se desechan cerca de 6 millones de pequeños fetos; los asesinan, dicen los que protestan; ellos también tienen la imagen de Dios, dicen los teólogos. Además, tenemos los tiranos de la historia y los dictadores actuales, terroristas que matan en nombre de Dios, enfermedades en aumento, calentamiento global, terremotos y desastres en mayor escala, los ricos que se hacen más ricos y los pobres más pobres, en una serie de acontecimientos adversos que para muchos responden meridianamente a la pregunta planteada; pero ¿es esa la única forma de entender esto? Creo que no, y le presento esta otra perspectiva como prueba.

P. Yancey lo plantea así: “De hecho, Dios arriesga su reputación con un acto de osadía, imaginación y valentía que ninguno podría haber soñado, un acontecimiento que probará los límites de la credibilidad humana y la humillación divina. Dios está de acuerdo en unirse [al ser humano] en el planeta Tierra… Por cierto, la fiesta que celebramos como Navidad conmemora la respuesta de Dios a la pregunta: ¿tenemos importancia? Aquí en la Tierra, durante treinta y tres años, Dios experimentó en la carne lo que es ser uno de nosotros. En las historias que contó y las personas cuyas vidas tocó, Jesús contestó, de una vez y por todas, esa perturbadora pregunta”. De ahí que el punto sea, querido lector, ¿le satisface esto? A mí sí.