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Vivir de la integridad

La virtud de la integridad implica estabilidad, firmeza de carácter, buscar constantemente la verdad y hacer el bien. Ser personas de una pieza, sin fisuras ni dobleces, ejercitar una sinceridad y rectitud interiores capaces de ganar la confianza ajena, poseer la coherencia para actuar de acuerdo con lo que somos. Fortaleza que resiste las tempestades y mantiene lealmente los compromisos adquiridos.

Todos buscamos personas honestas en quien confiar, afirma Juan C. Oyuela. No por casualidad en 2005 la palabra “integridad” fue la más buscada en la página web del diccionario Merriam-Webster. Este la define como “firme adherencia a un código de valores”, es decir, honestidad y sinceridad totales. El origen latino de la palabra nos remite a otros significados: totalidad, virginidad y robustez, también a intacto, entero, no tocado o no alcanzado por un mal. La integridad es una especie de pureza sin contaminación.

Una persona íntegra no dice una cosa y piensa otra, es leal y sincera. No esconde nada ni teme nada. Su conciencia bien formada es la brújula segura que le orienta correctamente en todo momento y lugar. Su vida es un libro abierto donde se admira la armonía entre lo que piensa, dice y hace.

Para despertar confianza hemos de ser auténticos. Para que eso suceda, uno debe actuar a la manera de una composición musical: la letra y la música coinciden. Las palabras y las obras crean una bella melodía.

No existe mejor forma de enseñar a los demás que a través de la coherencia. Si exigimos puntualidad, por ejemplo, hemos de ser los primeros en vivirla.

Mientras más integridad poseamos más creíbles seremos.

Como consecuencia, las personas nos encontrarán merecedores de su confianza y tendremos más posibilidades de influir en sus vidas. El principio es el de siempre: para cambiar a una sociedad hemos de comenzar por cambiarnos a nosotros mismos.