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La tentación de los religiosos

La religión siempre ha tenido y tiene una gran influencia y presencia en la política, pero la relación entre ambas siempre ha sido tumultuosa. Tanto en el pasado como en el presente, la relación entre estas dos grandes corrientes de la sociedad ha estado marcada por el abuso mutuo y el recelo de la sociedad hacia la unión de ambas fuerzas, ya que cuando ambas se unen los datos históricos nos refrendan que los resultados son la manipulación, el abuso y la persecución; pero por su cercanía y por su influencia de cuando en cuando surgirán movimientos tendientes a tratar de borrar las fronteras entre la religión y la política, ya que cada una tiene su función en la sociedad y su papel en el quehacer humano, pero también ambas tienen su papel en la ley, y esa misma ley ha visto útil y necesaria para marcar las fronteras entre ambas.

La religión influencia la política más de lo que muchas veces imaginamos, lo hace en las grandes democracias como la americana y lo hace en los Estados laicos y seculares europeos, marca pautas en América del Sur y determina el rumbo de muchos políticos, pero esa influencia se da y es muy saludable desde una perspectiva distinta a que la que se pretende en nuestro país. Allá la influencia es de perspectivas de pensamiento, orientando hacia uno u otro lado el espectro político, pero no involucrando a los religiosos en cargos de elección popular, puesto que esto produce una mezcla de intereses, poderes y manipulación que no es saludable ni para la Iglesia ni para el Estado.

Esa influencia tan marcada de la religión se da mediante el debate de ideas, mediante el posicionamiento en relación con temas vitales para la sociedad, en la protección de la vida y en el apoyo a los más desposeídos, pero llevar eso al campo de la participación directa de los religiosos en la vida política nunca ha tenido un efecto positivo para el avance de la religión ni para el fortalecimiento de la probidad en el Estado, por esa razón la Constitución es determinante al prohibir la participación de los religiosos en la vida política, participación que se ve concretada en la prohibición de postularse a cargos de elección popular, pero no a votar ni tampoco a opinar, ni tampoco a orientar debidamente a la feligresía sobre asuntos de nación.

La prohibición es para evitar la ventaja que los religiosos pueden tener sobre los seculares, es para evitar que un tema tan sensible para el ser humano, como es el religioso, pueda ser utilizado de manera que manipule la mente y las ideas de la feligresía, pero también es con el objeto de dar a la religión un carácter apolítico, de proveerle un espacio lo suficientemente amplio que le permita una total libertad sin cortapisas políticas, que sí podrían provenir de involucrarse a los religiosos en el campo político.

Cómo puede un pastor o un sacerdote enseñar a una grey si tiene un partido político particular, cómo enfrentará la oposición política a su ideario político entre sus propios miembros, esto tiene no solo un sentido de profilaxis mental, sino también de mucho sentido común y de lógica; esto no es posible, o está con la política o está con Dios. Esa separación es útil y necesaria, así lo vieron no solo los constitucionalistas que nos legaron la carta magna, la historia nos dice que esto es necesario y saludable.

No se violenta ningún derecho humano al establecer prohibiciones de este tipo en la Constitución, son límites necesarios, son fronteras obligadas que la ley suprema civil establece para mantener el orden social, para procurar la paz y el bienestar de la sociedad. Basta dejar el Estado religioso y hacerse del Estado seglar, basta dejar la sotana y el llamamiento para entrar de lleno a la política, sin ventajismos, pero si esto sucede entonces será como el pastor que abandona sus ovejas para ir detrás de un mejor rebaño, y eso para los verdaderamente llamados no es ético, lícito ni humano por una ley todavía superior.