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La integridad (II)

El máximo, prominente y único exponente perfecto de la integridad fue Jesucristo con su porte de autoridad, su sabiduría, prudencia y ponderación, que manifestó elocuentemente mientras ejercía su ministerio aquí en la tierra. Mateo ilustra un incidente que describe la integridad de Cristo ante los fariseos: “Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: ‘Maestro, sabemos que eres amante de la verdad… porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito dar tributo al César, o no?’”.

¿Cuál era el propósito de esta pregunta? Tenderle una trampa y sorprenderle en alguna palabra. Pero por muy listos que se consideraban estos hombres, queriendo trastocar la prudencia y la integridad del Maestro, éste conocía las intenciones del corazón de ellos y nada podía interponerse a las palabras verdaderas de Jesús, ellos mismos dijeron: “Sabemos que eres amante de la verdad”.

Cristo no decía verdad, sino que decía la verdad, que no es lo mismo. Cuando decimos verdad queda algo oculto que no quisimos revelar y cuando decimos la verdad, esta es completa e integra. ¿Por qué no imitamos a Jesús en su integridad?

En nuestro país necesitamos hombres y mujeres de integridad, de honor, de buen comportamiento, que digan siempre la verdad.

Si las personas que nos gobiernan en todos los niveles hicieran una mirada introspectiva y se autoanalizaran, serían muy pocos los que conservarían sus cargos. La mayoría debería presentar su renuncia.

La integridad es una cualidad que nadie nos puede quitar, pero cualquiera puede perderla por hablar o actuar de manera insensata. ¿Es usted una persona íntegra, veraz?