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China en Centroamérica

La decisión del Gobierno de El Salvador, dirigido por un partido poco amigable de los Estados Unidos, de iniciar relaciones diplomáticas con China Continental ha producido unos efectos descomunales en el acomodo de las fuerzas políticas salvadoreñas, en el diseño de la política exterior de Honduras y Guatemala y, por supuesto, alertado al Departamento de Estado, que sin dirección alguna ha descuidado el llamado con ignorancia y ánimo ofensivo el “patio trasero” de sus intereses. En primer lugar, en el interior de El Salvador, involucrado en una campaña electoral que concluirá en marzo de 2019, se ha convertido en un tema que ha diferenciado a la derecha opositora de la izquierda gobernante. Con malos resultados para el gobierno de Sánchez Cerén porque la medida apresurada y sin la reflexión suficiente en vez de fortalecer la candidatura de Hugo Martínez más bien ha beneficiado a Callejas, de Arena, que se perfila como seguro ganador.

Por su parte, Estados Unidos ha dado un paso consecuente con las amenazas a sus intereses regionales. Ha nombrado un nuevo embajador, con formación y experiencia militar, anticipando la posibilidad de que el FMNL repita mandato, para forjar un bloque de poder con las Fuerzas Armadas salvadoreñas, que, como es fácil comprobar, le siguiendo fieles, para desde esta alianza construir un eje del poder, de forma que los salvadoreños tengan un Gobierno débil e incapaz de tomar decisiones independientes en los próximos cinco años.

En términos económicos, algunos economistas y observadores imparciales han creído que la presencia comercial de China Continental es favorable para acelerar el aletargado crecimiento salvadoreño y animar vía los precios una obligada modificación en las estrategias comerciales de los Estados. Sin descartar, en esta perspectiva, la modificación del TLC, que afecta unas economías agrícolas, de escasa productividad y con sectores secundarios y terciarios en manos de empresarios poco comprometidos, con la aventura de la modernización tecnológica del agro que lleve al desplazamiento de la mano de obra ocupada en la agricultura hacia la industria. Y hasta a dar el salto desde la maquila de telas a campos de tecnología innovadora a precios competitivos. Como es fácil advertir, aquí nos encontramos con un obstáculo: la política aislacionista de Trump, el proteccionismo de sus propuestas y las contradicciones que suponen que unos Estados Unidos fuertes solo son posibles con una Centroamérica debilitada y empobrecida.

Como esta contradicción económica es difícil que sea superada, de repente la confrontación asumirá características de pre “guerra fría”, en que las consideraciones militares se impondrán a las soluciones económicas. En primer lugar, los Estados Unidos y los ejércitos de la región –rebajados a policías de los Estados Unidos en su lucha contra el narcotráfico– tendrán que plantearse sus estrategias y visiones de cara a nuevos retos. Durante el gobierno de Reagan, Centroamérica fue la frontera para detener el avance del comunismo. Ahora, de la misma manera, la región puede volver a ser el muro ideológico –no en la frontera con México– para detener la influencia y el avance de China hacia las goteras de los Estados Unidos.

Para ello es inevitable que Honduras especialmente revise sus relaciones militares con los Estados Unidos de cara a unas nuevas circunstancias, diferentes a las que prevalecían en la región en la década de los ochenta del siglo pasado. Ahora, China Continental tiene pretensiones en el Golfo de Fonseca, y allí Honduras y el mundo occidental tienen una ruta para movilizar productos entre los dos océanos ante una eventual disminución de la demanda del canal de Panamá. Para ello, la clave de Honduras y de El Salvador es la negociación de Palmerola –que los estadounidenses usan gratis desde hace muchos años– y el tratamiento de nuestros inmigrantes en territorio de los Estados Unidos, cambiando el discurso, que no es que los inmigrantes sean expulsados o se vayan huyendo de los dos países citados, sino que atraídos por la oferta de empleo, por parte de sectores en que aquel país carece de mano de oferta suficiente, como es el caso de la construcción, el mantenimiento y el aseo de ciudades y condados de los Estados Unidos. De este modo, la amenaza de China puede ser una oportunidad para El Salvador y Honduras.