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Nuestros compatriotas

Leyendo sobre lo que fue la vida en Egipto del personaje bíblico Moisés, según la perspectiva del autor Phillip Yancey, me llamó la atención este párrafo: “Como un espía balanceaba muy bien los dos mundos: los mantenía en compartimentos sellados y florecía en ambos, pero un día los dos chocaron y tuvo que elegir uno de ellos... Ese día en aquel taller, Moisés se dio cuenta de qué lado estaba. Los egipcios usaban la palabra hapiru como un término de desprecio hacia los hebreos: los polvorientos. Si un egipcio moría, desde luego, alguien tenía que pagar, pero si uno de los hapiru moría, ¿a quién le importaba? A mí me importa, concluyó Moisés. Ellos podrán ser esclavos, pero son mis parientes. Nadie merece ese trato”. Y de inmediato pensé en nosotros una vez procesadas las palabras. El punto que se me vino a la mente es este: ¿tenemos la misma actitud de Moisés hacia nuestros compatriotas? Es decir, ¿los queremos?, ¿nos importa lo que les pase y el trato que reciben?

Creo que este mes es un buen tiempo para recapacitar en esas preguntas. Porque si decimos que amamos la patria, a la vez estamos diciendo que amamos a todos los que la componen. Si no, ese amor es un amor mentiroso, en mi opinión. Yo me pregunto, ¿por qué amar solamente un trecho de tierra?, ¿por qué identificarse únicamente con un nombre o con un territorio y sus características geográficas y culturales? “Esto hay que hacer sin dejar de hacer lo otro”, diría Jesús. Creo que es tiempo de revisar nuestro corazón, de autoevaluarnos, de reflexionar en la forma de comunicarnos y relacionarnos con nuestros compatriotas y en la disposición de ánimo que manifestamos, sobre todo si somos administradores de los asuntos del pueblo o de aquello que puede fomentar, impulsar, desarrollar y socorrer, pues así como se ven las cosas pareciera que a Honduras solo la pueblan hapirus nada más. No catrachos, parientes todos.