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Es fácil alegrarse

Hace un par de meses, cuando volvía de la misión popular de la parroquia de San Pedro, en la isla de La Palma, Canarias, me sucedió algo que me hizo reflexionar y que ahora quiero compartirlo con ustedes, cuenta Carlos Galán.

Volábamos directo a Madrid y, como es habitual, a pocos minutos de aterrizar se escuchó la voz del piloto. Para mi sorpresa era una voz de mujer. Qué triste que me sorprenda, pensé. Me esforcé en recordar y, ciertamente, era la primera vez que volaba en un avión con una mujer a los mandos.

Pero la sorpresa mayor vino al escuchar lo que dijo. Acostumbrado a la típica descarga ultrarrápida de datos técnicos casi imposibles de asimilar, la comandante manifestó algo parecido a lo siguiente: “Aterrizaremos en aproximadamente 10 minutos. Hace un día precioso en Madrid, hay un sol radiante y la temperatura se aproxima a los 20 grados. Perfecto para un paseo por el centro o por el retiro. Espero que sepan disfrutar de sus planes y del buen tiempo en la capital y, a los que tienen conexión con otro vuelo, les deseamos buen viaje”. Cuando miré a mis compañeros de viaje, todos sonreían y compartían miradas que, de ser palabras, se traducirían en un “que alegría” o un “vaya diferencia”.

Todos sabemos que la amabilidad y la dulzura no son patrimonio exclusivo ni de hombres ni de mujeres, pero la delicadeza y la atención con que nos habló nuestra comandante no la había experimentado antes en ningún viaje, y por las expresiones del resto de viajeros, ellos tampoco.

Qué fácil es alegrarle la tarde o la mañana a las personas con las que nos tropezamos en nuestro día a día. Cuánto necesitamos aprender de tantas mujeres y hombres que rompen esquemas simplemente por tratarnos de forma más humana y no como si fuéramos máquinas.

Debemos alegrarnos todos los días con los demás y gozar más de la vida.