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Aunque a veces os engañen

Como herencia de los empirismos de todas las épocas y, por más cercano, del inglés del siglo XVII, se ha generalizado hoy, como postura que ha invadido muchos ámbitos de la existencia humana, la exigencia de las evidencias. Luego, con la importancia que ha tomado, desde hace algunas décadas, la Estadística como ciencia, medir se ha vuelto casi una obsesión. Se ha llegado incluso a decir que lo que no puede medirse no debe considerarse parte integrante de la realidad, en aras de la objetividad. Estando así las cosas, solo se considera verdadero lo comprobable, lo perceptible por medio de lo sentidos, lo que cabe en una tabla de Excel.

Lo anterior ha provocado que la palabra por sí sola haya perdido fuerza. Es decir, no basta con que se afirme algo porque inmediatamente se pone en duda lo afirmado y no se acepta como verdadero hasta que no se presenten otros elementos de credibilidad. Algunos, incluso, señalan que lo mejor es desconfiar siempre de los demás y llegan al extremo de hacer del cínico “piensa mal y acertarás” una especie de axioma.

Es evidente que la ciencia exige pruebas, y que hay personas que viven de la mentira y sacan buen provecho del engaño, pero eso no nos convierte a todos en farsantes ni hace del ser humano fervoroso aficionado del embuste. Abunda la gente sencilla y sincera que marcha con la verdad por delante y que no necesita una cohorte de notarios que dé fe de lo que dice.

La convivencia armónica, serena y civilizada obliga a la confianza. Ya decía un santo español, que era mejor creerle a los demás, aunque a veces nos engañaran. Y esto se aplica a la vida de familia, al mundo del trabajo y a la coexistencia social. Porque, a menos que yo sea un falsario, un impostor, no debería partir del prejuicio de pensar mal de los demás.

Es cierto que la mentira existe y que, repito, hay gente que ha hecho del engaño su modus vivendi, pero que termina por quedar en evidencia porque, como reza el refrán popular, es más fácil coger a un mentiroso que a un cojo; y, una vez conocido el engaño, se gana la repulsa de los que han apostado por la honradez, que suelen ser la mayoría.

Vivir dudando de todos es, incluso, poco saludable. De ahí que, sin caer en la candidez o en una especie de inocencia primitiva, resulte mejor creer y confiar en los demás, aunque, insisto, a veces nos engañen.