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Serás lo que quieras

Ella quiere ser doctora, maestra, escritora y también cocinera. Su pequeña mente inquieta no tiene límites, entre los sueños no queda espacio para eso. Conozco a otras niñas como ella, aunque esta para mí sea un caso especial, por tratarse de mi hija.

Cuando la escucho, suelo pensar en un libro que le obsequiaron a mi hermana, cuyo título decía “serás lo que quieras ser”. Nunca llegué a leerlo; sin embargo, su nombre se quedó grabado en mi memoria, a pesar de que entonces tenía tan solo ocho años.

Las otras niñas que conozco, de diversas edades, también tienen grandes sueños y mucha capacidad para salir adelante. Hoy, en un concurso escolar sobre tecnología, en el que participé como jurado calificador, escuché a varias que me dejaron sorprendida por sus habilidades de comunicación, los conocimientos adquiridos y por la seguridad demostrada en sus exposiciones.

A mi hija, como a tantas niñas en Honduras, quisiera tener la posibilidad de decirles “serán lo que quieran ser”. Lamentablemente, existen barreras económicas que complican la situación; sin embargo, en realidad las grandes barreras las ponemos nosotros, los adultos, cuando creamos prejuicios y los afianzamos con esmero.

En igualdad de oportunidades, no hay diferencia alguna entre niños y niñas. Las mismas capacidades para llegar muy lejos, siempre y cuando encuentren el apoyo debido en su entorno inmediato.

Los límites y los caminos, muchas veces erróneos, los trazamos a punta de palabras. “Esa profesión no es muy femenina” es una de las frases que he escuchado. “Para qué estudiar tanto si vas a terminar en la cocina”, otra más. Pero aún hay otras peores que persisten bajo este mismo sol, a ojos vista de todos y con la omisión de una sociedad muchas veces hipócrita. “Ya es tiempo de conseguir marido” es una de las frecuentes, muchas veces asumida por las niñas que, más que realizarse, buscan escapar de la situación que viven en sus hogares.

Conseguirse un hombre, parecer sexi, saber bailar canciones insultantes para la propia mujer, es algo celebrado en nuestra sociedad. La hipersexualidad en la niñez se está convirtiendo en algo cotidiano, aumentando el riesgo de truncar los sueños. No es desconocido que el cada vez más usual despertar sexual de las niñas es muchas veces impulsado por las condiciones socioeconómicas en las que viven, pero de manera especial, por la falta de atención y amor, que es aprovechada por quienes las acechan. Luego está la revictimización, que convierte públicamente a las niñas como principales responsables de lo que les pase. Ellas son las provocadoras, las insistentes, las alegres, son tan solo algunas de las frases que esconden el machismo enraizado en nuestra cultura.

Las niñas hondureñas pueden ser lo que quieran ser, siempre y cuando exista el apoyo en su hogar, en las instituciones educativas y de manera especial, de una sociedad que comprenda que las mujeres tienen tanta dignidad como los hombres y, por lo tanto, deben ser tratadas con respeto. Que las mismas mujeres permiten el irrespeto, que ellas toleran tratos groseros, son las frases en las que se escudan muchos. Es muy probable que esa supuesta tolerancia no sea otra cosa que un comportamiento aprendido del entorno o del cansancio de nadar contra la corriente.

En el trayecto de regreso a casa, luego del trabajo, vi como una niña, quizás de la misma edad que la mía, se acercaba a limpiar el parabrisas de un carro. Entonces me di cuenta de lo absurda que podría ser para ella la frase “lo que quieras ser”. Quiso invadirme el pesimismo, pero luego pensé que, si bien no puedo cambiar el presente de muchas pequeñas hondureñas, sí puedo hacer la diferencia en mi entorno, familiar, laboral y comunitario.

Todos estamos llamados a generar un cambio de cultura, desde una machista, hacia otra de respeto e igualdad de oportunidades. Yo acepto el reto de hacer la diferencia, de apoyar a cada niña que me sea posible, no con lo material que puede comprarse, sino con algo aún más importante: con respeto, motivación y amor. ¿Y usted también hará la diferencia?