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LA VIDA SOBRE RUEDAS

La fiesta de la Pascua solía convocar a miles de judíos en Jerusalén. Desde una semana antes, nutridos contingentes de peregrinos llegaban a la Ciudad Santa; hombres y mujeres, niñ

La fiesta de la Pascua solía convocar a miles de judíos en Jerusalén. Desde una semana antes, nutridos contingentes de peregrinos llegaban a la Ciudad Santa; hombres y mujeres, niños y adultos colmaban los caminos por los que se accedía a ella. Existía, además, la costumbre que los grupos más numerosos o los visitantes ilustres eran recibidos en las afueras de la ciudad por otros peregrinos que agitaban palmas y ramos de olivo a su paso, mientras entonaban salmos y cantos propios de la fiesta.

Jesús, quien era ampliamente conocido como taumaturgo y maestro, llegó junto con sus discípulos, aquel primer Domingo de Ramos de la historia. Muchos salieron a recibirlo, con palmas y cantos. Antes de llegar a las puertas había subido sobre un asnillo y así hizo su ingreso en Jerusalén. La multitud exultante gritaba: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, ¡Hosanna en el cielo! La emoción y alegría de la gente hacía imposible imaginar que cuatro días después aquel que había sido recibido como un héroe popular iba a ser aprehendido como un bandido y condenado a muerte.

Los Evangelios relatan cómo desde que Nuestro Señor comenzara su predicación y vida pública, los jefes de los sacerdotes y las autoridades judías veían en Él a un enemigo y buscaban acabar con su vida. A pesar de que en un principio parecían escucharlo y lo dejaban hablar en sus sinagogas, la sublimidad de su mensaje y los aprietos en los que los ponía cuando comparaba su discurso con su conducta, los llevaron a procurar su muerte.

Aquel domingo, Jesús se dirigió al templo. En los alrededores de aquel lugar sagrado se había levantado un auténtico mercado. Para comprar las víctimas para los sacrificios, corderos, toros o palomas, se necesitaban monedas judías, había, pues, cambistas que las ofrecían por dinero imperial. Pero, además del negocio del cambio de moneda, en el mismo atrio del templo se ofrecían los animales a ser sacrificados. Inundado de un santo celo ante tal profanación, Jesús, cuentan los evangelistas, volcó las mesas de los cambistas y echó a los vendedores de animales fuera de ahí.

Todos los cristianos sabemos qué sucedió a partir de aquel momento. Los agraviados, quienes actuaban en colusión con las autoridades religiosas encargadas de velar por el desarrollo del culto, se enemistaron también con Jesús. De alguna manera, el mismo Domingo de Ramos comenzó la Pasión del Señor y se decidió su suerte.

En días como este, conviene releer las Sagradas Escrituras, el Evangelio en particular, para intentar imaginar estas escenas, para sacar lecciones espirituales y procurar vivir esta semana muy cerca de aquel que vino a morir en la cruz por nosotros.