El curioso carro que le regalaron al Papa

Tiene 300.000 kilómetros y es un regalo de un cura de Verona, que el pontífice al principio rechazó, pero acabó aceptando.

El papa Francisco recibe al sacerdote de la iglesia de Santa Lucia di Pescantina (Verona), Don Renzo Zocca (2i), y algunos de sus colaboradores, en Ciudad del Vaticano (Vaticano), el 7 de septiembre de 2013. <br/>
El papa Francisco recibe al sacerdote de la iglesia de Santa Lucia di Pescantina (Verona), Don Renzo Zocca (2i), y algunos de sus colaboradores, en Ciudad del Vaticano (Vaticano), el 7 de septiembre de 2013.

Ciudad del Vaticano. El Vaticano.

El Papa Francisco tiene un papamóvil nuevo: se trata de un Renault 4 de color blanco, matrícula de Verona 779684, fabricado en 1984, con 300 mil kilómetros recorridos, que le fue obsequiado por un cura.

El 15 de julio, el cura de Verona don Renzo Zocca, a punto de cumplir los 70 años, le escribió una carta al Papa contándole su historia: Durante 25 años había sido párroco del barrio obrero de Saval y tenía un Renault 4, con el que recorría cada rincón y cada periferia.

"Y nunca me dejó tirado", cuenta el cura. Don Renzo escribió en su carta a Francisco que se sentiría honrado si él, un Papa humilde, aceptara su viejo coche. Luego, envió la misiva a El Vaticano en espera de una respuesta, sin decirle nada a nadie. Pasaron los días y se olvidó de la carta. Pero el 10 de agosto, sonó su teléfono y era el Papa. Bendito sea Jesucristo. Era el Papa. No podía ser una broma", dice don Renzo.

Según el cura, el Papa le comentó que había leído su carta y le agradeció el detalle, pero le dijo que sería mejor que le regalara el automóvil a los pobres.

"Le contesté que ese coche le había dado ya todo a los pobres, y le confirmé mi propósito de entregárselo. Me preguntó entonces si tenía otro coche y cuando le dije que sí, aceptó".

Después de buscar una fecha que Francisco tuviera disponible, quedaron en que el 7 de septiembre a las 15:00 horas locales don Renzo pasaría por El Vaticano. Y así fue, el cura llegó con el Renault montado en una grúa, acompañado por un centenar de vecinos del barrio de Saval.

La Guardia Suiza solo dejó entrar a la mitad de los vecinos, así que el Papa fue hasta la puerta de El Vaticano para agradecerles a todos.

"Le di las llaves y él se puso al volante. Me había dicho que él también había tenido un R4 y que nunca le había fallado. Le vi alejarse en ese viejo coche como si fuese la cosa más natural del mundo", narra don Renzo.

El papa dice que los conventos vacíos deben acoger a los refugiados

El papa Francisco dijo hoy que los conventos vacíos no son lugares para transformarlos en hoteles y ganar dinero, sino para acoger a los refugiados y compartir con ellos "lo que la Providencia nos ha donado para servir".

El papa visitó hoy el centro Astalli de Roma, el servicio de los jesuitas para los refugiados en Italia, anejo a la Iglesia de Jesús, donde está enterrado el fundador de la orden, el guipuzcoano San Ignacio de Loyola (1491-1556) y el creador del servicio a los refugiados, el bilbaíno Pedro Arrupe (1907-1991).

El papa llegó a las 15.30 hora local (13.30 GMT) al centro de asistencia en el momento en el que los necesitados comían lo que le permitió saludar tanto a los comensales como a los voluntarios que servían las mesas, donde diariamente se sientan unas 500 personas.

Tras una oración y una visita a la Iglesia de Jesús, templo barroco y buque insignia de los jesuitas, el papa dirigió un discurso ante unas 500 personas entre huéspedes, voluntarios y amigos en uno de los pasillos internos del complejo.
Al dirigirse a los religiosos, el papa Francisco les dijo que con el signo de los tiempos "el Señor llama a vivir con más coraje y generosidad la acogida en la comunidad, en las casas, en los conventos vacíos...".

"Los conventos vacíos -subrayó- no son nuestros, son para la carne de Cristo que son los refugiados. El Señor llama a vivir con generosidad y coraje la acogida en los conventos vacíos".
Explicó que ello no es fácil porque se necesita criterio, responsabilidad, y también valentía.

"Quizá hemos sido llamados a hacer más, acogiendo y compartiendo con decisión aquello que la Providencia nos ha dado para servir".

Y animó a los asistentes al ejercicio del voluntariado. "Cada día, aquí y en otros centros, sobre todo jóvenes, se ponen en fila para una comida caliente. Estas persona recuerdan el sufrimiento y el drama de la humanidad. Pero esa fila nos dice también que hay que hacer algo, ahora, todos, es posible", aseveró.

La solución es sencilla y el papa la resumió así: "Basta con llamar a la puerta y decir: Estoy aquí. ¿Cómo puedo ayudar?".

Al dirigirse a los refugiados, el obispo de Roma recordó: "Muchos de vosotros sois musulmanes, de otros países, venís de varios países de situaciones distintas. No tenemos miedo de la diferencia". Y aludió a la fraternidad que es una riqueza, un regalo para todos.

Sobre los pobres mantuvo que son también "maestro privilegiados" para nuestro conocimiento de Dios, "su fragilidad y simplicidad desenmascara nuestros egoísmos, nuestras falsas seguridades, nuestro pretextos de autosuficiencia y nos guían a la experiencia de la vecindad y de la ternura de Dios (...)".

El papa Fracisco no se quedó con la mera acogida y asistencia a los refugiados y fue más lejos. "La misericordia -sostuvo-, la que Dios nos da y nos enseña, requiere justicia, pide que el pobre encuentre el camino para no serlo más - y nos los pide a nosotros Iglesia, a nosotros ciudad de Roma, a las instituciones- pide que nadie tenga más necesidad de un comedor social, de un alojamiento, de una servicio de asistencia legal para ver reconocido el propio derecho a vivir y trabajar, a ser plenamente persona".

Y repitió palabras que le confiaron previamente algunos refugiados y exclamó "!La integridad es un derecho!".
Una vez terminado el discurso, el papa siguió la oración "Tú como ellos", compuesta por el Padre General de los Jesuitas, padre Alfonso Nicolás para recordar a Arrupe y después el pontífice se dirigió a la tumba del jesuita bilbaíno, acompañado por dos refugiados, y colocó en ella un ramo de flores.

La Prensa