El Acuerdo de París en su laberinto: ¿Dónde está la ambición?

¿Qué significa la ambición climática? ¿Cómo se puede medir, traducir, significar?

El 'efecto Greta' impulsa a los jóvenes hacia un consumo más consciente. Foto: Jeannina Cordero.<br/>
El 'efecto Greta' impulsa a los jóvenes hacia un consumo más consciente. Foto: Jeannina Cordero.
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San José, Costa Rica.

¿Qué significa la ambición climática? ¿Cómo se puede medir, traducir, significar? Tras una nueva cumbre climática de la que nadie se declara conforme, el mundo entró en el que será el año clave para el Acuerdo de París. Una alianza de países latinoamericanos, africanos y asiáticos, que representan solo el 15% de las emisiones globales, se han comprometido a ser carbono neutral ante el silencio de las potencias mundiales.

Greta Thunberg, la cara más reconocible del movimiento por la acción climática, pasó el último año recorriendo el mundo con su mensaje: desde Katowice, Polonia (COP24), cuando pocos la conocían, la algarabía que desató en Nueva York con su “¿cómo se atreven?” en Naciones Unidas, su mediático viaje de vuelta a Europa en un barco cero emisiones y su premio como ‘Persona del Año’ de la revista Time. Greta fue la estrella del año en el que todos hablaron del cambio climático.

En cada uno de sus discursos antes de la COP25, Thunberg habló de la ciencia, de los últimos informes del IPCC que nos advierten de la catástrofe a la que nos adentramos cada vez más y de cómo el presupuesto de carbono que tenemos se agota cada día más por culpa de las grandes empresas contaminantes.

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Greta Thunberg, la cara más reconocible del movimiento por la acción climática. Foto: Jeannina Cordero.

De pie ante el plenario de la COP25, el mensaje de la joven de 16 años fue otro: “la política que necesitamos no existe hoy día, pese a lo que digan los líderes mundiales. Creo que el mayor peligro no es la inacción, el verdadero peligro es cuando políticos y CEOs dicen que la acción real está pasando cuando en realidad no hacen nada más que contabilizaciones inteligentes y relaciones públicas creativas”.

¿Entendió Thunberg que la respuesta a la crisis climática no saldría de ese espacio?

El miércoles 11 de diciembre, Carolina Schmidt, presidenta de la COP25, dijo que “el gran legado de Chile será generar el ‘turning point’ o cambio de rumbo que permita implementar el Acuerdo de París, aumentando la ambición, transversalizando la acción climática y subiendo nuevos actores a la mesa”.

Cuatro días después, la opinión transversal era que la Cumbre del Clima en Madrid había fracasado. Y es que nadie está abiertamente conforme con los resultados de la cita. El secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, dijo sentirse “decepcionado” del resultado. La propia ministra de Medio Ambiente chilena dijo que los acuerdos alcanzados “no eran suficientes”.

El gobierno chileno fue uno de los principales focos de críticas al ser incapaz de liderar las negociaciones hacia un resultado que avance concretamente a limitar el calentamiento global. Y si bien se enfrentó con la oposición sostenida de unos pocos países -quienes desde el primer día se negaron a negociar-, la manera en cómo se relacionó con sus pares, desoyendo sugerencias y negociando solo con los grandes contaminantes, marcó la molestia de varios países hacia el final de la cita.

En junio de 2019, en la Conferencia Intersesional de Cambio Climático que se desarrolló en Bonn, Alemania -donde los países adelantan algunas negociaciones que después continúan en la COP-, Carolina Schmidt dijo que el objetivo número uno de la COP era “aumentar la ambición en tres áreas: mitigación, adaptación y términos de implementación. Será la COP de la implementación. Debemos pasar de la implementación a la acción”.

Desgranando la ambición

¿Cómo se traduce la demanda por una mayor ambición climática que millones de ciudadanos han demandado a lo largo del mundo?

En los primeros días de la cumbre, una periodista le consultó a Patricia Espinosa, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), cómo se podía entender la tan repetida ambición.

“No tenemos un ítem en la agenda que se llame ambición. Por lo tanto, no es que esperamos tener una decisión específica al respecto. Sin embargo, hay muchos elementos de la agenda y hay muchos eventos y diálogos de alto nivel en los que se espera que se aborde el tema de aumentar la ambición”, respondió.

El Acuerdo de París, firmado en 2015 por todos los países que son parte de la CMNUCC, establece la meta de limitar el calentamiento global por debajo de los 2°C e idealmente a 1,5°C. Hace más de un año, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) dio cuenta con evidencia certera de que los objetivos del Acuerdo de París eran insuficientes: si la principal meta es evitar que la tierra supere los 1,5°C desde la era pre industrial, con los compromisos de los países vamos rumbo a los 3,2°C.

La principal herramienta para combatir el cambio climático que creó el Acuerdo son las “contribuciones nacionalmente determinadas” de cada país (NDC, por sus siglas en inglés), un compromiso de cada Parte en el marco del Acuerdo de París para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, con el fin de cumplir con los objetivos del tratado.

El Acuerdo de París no regula el contenido de las NDC, pues Naciones Unidas no interfiere en la política interna de los países. Cada parte debe presentar sus compromisos, pero hay bastante ambigüedad para conocer los detalles, partiendo del hecho de que no hay obligación alguna en cumplirlos o no. Y ese es uno de los problemas con el resultado de la COP.

El texto final de la COP25 -titulado “Santiago-Madrid Time for Action”- reconoce que hay una “significante brecha” existente entre lo que los países han comprometido hasta el momento y lo que la ciencia dice que es necesario para detener el calentamiento global.

2020 es el año clave para París.

El Acuerdo comienza su vigencia después de cinco años donde no hubo mayores avances, pero al mismo tiempo creció la presión y las expectativas de que los gobiernos se hagan cargo de la crisis.

Este año, todas las Partes están llamadas a comunicar nuevas NDC que sean progresivas en sus metas respecto de las anteriores. Los que se trazaron una meta para 2025, deben entregar una nueva NDC; los que lo hicieron para 2030, deben actualizar. Para la COP26 en Glasgow podremos proyectar los compromisos y las emisiones de la década. Y estos compromisos valdrán por cinco años.

Sue Biniaz fue una de las articuladoras del texto del Acuerdo como negociadora de Estados Unidos. Ella misma reconoce que, en verdad, no hay obligación legal para que los países aumenten su ambición. “Es la ciencia, más que París per se, el porqué los países deben mejorar sus NDC”, dijo a Climate Home News. El texto lo que dice es que las Partes deben “recomunicar” sus compromisos. Nada impide que presenten el mismo plan que hace cinco años.

Desde antes de la COP se sabía que los grandes emisores -China, Estados Unidos, India y Brasil- no iban a comprometerse a nada nuevo. Sí se esperaba un emplazamiento fuerte a que en 2020 lo hicieran y es por eso que el borrador presentado por la presidencia chilena el sábado antes de concluir la COP causó tanta molestia en la sociedad civil. No se avanzaba nada respecto de lo acordado en 2015.

El discurso de la ambición era prioridad para la gran mayoría de los grupos negociadores que funcionan bajo la convención: para los africanos, latinoamericanos, los menos desarrollados, las pequeñas islas insulares e incluso para la Unión Europea.

Sin un mayor llamado a la ambición en el texto, las negociaciones tampoco dejaron un buen recuerdo en la materia, sobretodo en el avance progresivo que suponen las NDC. Desde hace años que los países discuten la agenda de “common metrics”: cómo medir y reportar las emisiones de gases que no son el CO2 -como el metano o el óxido nitroso-, cómo convertirlas a la unidad conocida como “CO2 equivalente” y después reportarla, a fin de tener un registro cada vez más preciso sobre la situación.

Este es uno de los tantos temas que año a año se negocian en las COP. Y es el reflejo de que en lo “técnico” de las discusiones se esconde un micro-mundo de negociaciones políticas y juegos de poder. En la COP25, China bloqueó las principales discusiones relativas al ítem “Transparencia”, sobre cómo se reportan las NDC, cómo llevar adelante las mediciones y cómo informarlas a la Convención.

La idea es que haya un parámetro común para todos, pero eso no existe hasta ahora. La negociación, que tiene que ver a fin de cuentas con cómo se implementan las promesas, quedó suspendida. Se volverá a discutir en la COP26.

Otro tema tiene que ver directamente con las NDC son los llamados “tiempos comunes”. Hay un acuerdo, cerrado en la COP24, de que todos los países presentarán sus NDC al mismo tiempo. ¿El problema? No está definido cada cuánto. Lo que parecía una decisión simple -o eran cinco o eran 10 años- se transformó en un problema. Llegaron a existir ocho opciones de votación en la mesa de negociación, incluyendo a Estados Unidos, Canadá y el grupo árabe pidiendo que se decida recién en 2023. Finalmente, tras petición de China, la discusión se aplazó para el próximo año.

Sin tiempos fijos para la NDC, resulta sumamente difícil crear un nuevo compromiso, pues se desconoce cuál será el año común de objetivo de todos. Y más se dificulta al no existir reglas claras sobre cómo medir e informar sobre las emisiones. Mientras más se demoran los países en decidir, más tarde se hacen las planificaciones de mediano y largo plazo. Y mientras tanto seguimos bombeando la atmósfera de gases contaminantes que seguirán ahí por años calentando el planeta.

Los que sí avanzan

Chile quiso desde el primer minuto hacer de esta la “COP de la ambición”, reflejado incluso en el hashtag creado por la presidencia: #TiempoDeActuar (#TimeForAction). Con la muy entrecomillada “obligación” de los países de enviar nuevas y mejores NDC para 2020, la apuesta que el propio secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, le encargó al presidente chileno Sebastián Piñera, fue la de impulsar una “Alianza por la Ambición”.

Lanzada en septiembre durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, se trata de una coalición de países, ciudades y empresas comprometidas con alcanzar la carbono neutralidad en 2050.

Liberada casi un mes después del fin de la COP, la lista sigue demostrando que los países que lideran en la materia son precisamente los que más sufren la crisis climática.

El listado publicado por el gobierno de Chile, sumado al conteo que lleva el Climate Watch del World Resources Institute, muestra que hay 108 países comprometidos con actualizar sus NDC este año. Además, 94 países (considerando que la Unión Europea funciona como una Parte en estos procesos) están por la carbono neutralidad para el 2050. Ambos listados rondan el 15% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

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“Son muchos países y pocas emisiones. Pero si fuera fácil no estaríamos en esto. Lo importante es que hemos sumado a varios, está Canadá, la Unión Europea”, dice Gonzalo Muñoz, el “High-level Champion” de la COP25.

El cargo consiste en integrar a actores no estatales en el proceso de la Convención. Chile es el primer país de la historia que ostenta la presidencia, en nombrar a un empresario en el cargo. Ingeniero comercial, Muñoz es dueño de Tri-ciclos, una empresa de reciclaje.

“Esto se trata de acelerar el tranco. La ambición es cuán rápidamente estamos dispuestos a resolver el problema. La ciencia y la calle nos piden que sigamos el informe del IPCC. Eso es para nosotros la ambición”, afirma.

A la alianza de carbono neutralidad también se sumaron cientos de ciudades y empresas alrededor del mundo.

Contrario a lo que puede parecer en primera instancia, la ‘carbono neutralidad’ no significa que la emisión de gases de efecto invernadero sea cero; significa que si a las emisiones se les descuenta la captura de carbono por parte de los sumideros naturales, se llega a cero. Es un “neteo” que puede incluso permitir que se sigan quemando combustibles fósiles que son “compensados” en otros lugares del mundo.

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Desarrollo de las conferencias de las COP25. Foto: Jeannina Cordero

En la COP25, Ana Patricia Botín, presidenta del banco Santander, tuvo un lugar estelar en el plenario principal al mostrar los planes del banco español para convertirse en carbono neutral en los próximos años. El banco español aportó 1 millón de euros al desarrollo del evento, según un estudio de Corporate Europe, y además invirtió 6.733 millones de euros en proyectos de combustibles fósiles en 2018.

Y ahí está otra de las grandes contradicciones: un banco puede ser “carbono neutral” invirtiendo en proyectos renovables en América Latina mientras sigue financiando el petróleo en Asia.

La palabra “combustible fósil” no está en ningún lugar del Acuerdo de París. Leo Roberts, investigador del Overseas Development Institute, resume así el verdadero desafío de París:

“Hasta que los países y las partes interesadas (particularmente las empresas) se comprometan a dejar los combustibles fósiles en el suelo, las posibilidades de mantener el calentamiento global por debajo de 1.5 ° C son escasas”.

Ya en las primeras semanas del año clave para nuestro futuro, resuena la ira con la que Mohamed Adow, activista climático de Kenya, se refirió a los resultados de la COP25: “si hubo un momento en la historia en que los gobiernos la cagaron (fucked up), diría que es aquí en Madrid. Es la gente alrededor del mundo la que debe levantarse ahora y salvar el planeta”.

Este artículo fue producido como parte del Programa Latinoamericano de Cobertura Periodística COP25.

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La Prensa