Migrantes deportados viven en canal de aguas negras en Tijuana 

El bordo de Tijuana en México se ha convertido en una trampa de marginación y drogas para los deportados de EUA.

Decenas de migrantes mexicanos y centroamericanos se refugian en este canal, luego de ser deportados de EUA.

Tijuana, México.

Serpenteando la frontera estadounidense, un canal de aguas negras de Tijuana -en el noroeste mexicano- se ha convertido en el refugio de un grupo de migrantes indocumentados de México y Centroamérica que, tras ser deportados de Estados Unidos, cayeron en la indigencia e incluso la drogadicción.

El año pasado, más de 300,000 mexicanos fueron expulsados de Estados Unidos, y Tijuana, una vibrante ciudad rodeada de zonas desérticas, es el punto de entrada para decenas de miles de ellos. Ahí, los deportados pasan necesariamente por un puente que cruza El Bordo, un canal que arrastra aguas negras y residuos.

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Aunque la gran mayoría regresa a su lugar de origen, casi un millar de deportados se ha venido instalando desde hace meses e incluso años en cuevas o enclenques viviendas de plástico amarradas a orillas del canal, pese a la imposibilidad de protegerse de la intemperie y los focos de infección.

Además, cerca de la mitad de los migrantes de El Bordo cayó en las drogas, según un estudio del mexicano Colegio de la Frontera.

Ernesto Hernández, un sacerdote local que atiende a indigentes, explicó a la AFP que la mayoría de los deportados que deciden quedarse en el canal llevaban varios años viviendo y trabajando en Estados Unidos, y conservan pocos o ningún lazo en México.

Así, buscan permanecer "lo más cerca posible de su familia y acechando la primera oportunidad para volver" a las vidas que dejaron del otro lado de la frontera, añade el religioso, mientras saluda y atiende a los heroinómanos instalados en el canal.

Vertiginosa caída

Tras vivir cinco años en el canal, "yo era un alcohólico adicto: cristal, marihuana, cemento, psicotrópicos, cocaína...", cuenta Julio Romero, un hombre de 60 años originario de Ciudad de México y deportado hace seis años, quien lleva seis meses aferrándose a la sobriedad, a su nuevo oficio de limpiabotas y a su "Santa Biblia".

Los deportados llegan "sin más que lo que traen puesto, van a empezar a caminar, comerán lo que encuentren, ese mismo día ya van a estar sucios. La policía los va a tratar como delincuentes, y entonces ellos ya se van a sentir marginados", explica Hernández.

En ese estado, si "alguien les invita un trago o una dosis, caerán en una espiral descendente hasta olvidarse de sí mismos", añade el padre, quien dirige un comedor de caridad a escasos metros del canal que acoge a diario a casi un millar de indigentes.

Ciertas voces afirman que esta problemática migratoria y de salud se ha convertido en una amenaza para la seguridad de Tijuana.

Algunos "roban a la gente y a los turistas, eso ha afectado mucho a los comercios", denuncia Gilberto Leyva, presidente local de la Cámara Nacional de Comercio, quien celebra que el gobierno haya desplegado recientemente 100 policías suplementarios en el centro de la ciudad.

Consultadas en varias ocasiones por la AFP, las autoridades de seguridad de Tijuana no estuvieron disponibles para hablar del tema.

La mirada puesta en el norte

Impresionados por la situación de sus paisanos que se fueron quedando en El Bordo, los recién deportados se prometen no estancarse ahí y regresar lo más rápido posible a Estados Unidos.

"Me voy. No sé si este fin de semana o el que viene, pero me voy", dice en perfecto inglés Juan Alberto Vargas, un estudiante mexicano de arqueología que fue deportado hace un mes, tras haber vivido 22 de sus 25 años en California estadounidense.

Este muchacho de anteojos de fondo de botella, que duerme en refugios aledaños al Bordo, forma parte de los "dreamers" (soñadores), jóvenes nacidos en México, Centroamérica y otros países que llegaron ilegalmente a Estados Unidos en brazos de sus padres, cuando apenas eran niños, y que esperan una reforma migratoria que los ampare de ser deportados en cualquier momento.

Asimismo, El Bordo ve pasar a migrantes guatemaltecos, hondureños y salvadoreños, entre los más deportados actualmente por Estados Unidos.

Tras ser repatriado a El Salvador, "me tomó todo un año volver" a cruzar México clandestinamente hasta esta frontera, cuenta Ernesto, quien sólo piensa en volver a California, donde vivió durante 15 años.

"Es bastante difícil, pero tienes que hacerlo. Mis cuatro hijos están allá, me necesitan. Ese es mi motor", dice este albañil determinado, que ya está listo para emprender su viaje.

"Llevo agua en botellas pintadas de negro para que no brillen con el resplandor del sol, así evitaré ser detectado por la patrulla fronteriza", dice, mirando al norte. AFP

La Prensa